Mi nombre es Ninoska, aunque todo el mundo me conoce como Nino. Cuando tenía alrededor de 22 años todavía no tenía muy claro cómo era la vida. Ya tenía una hija, una vida cómoda, una familia y un hogar amoroso, pero de repente el padre de mi hija murió y mi vida cambió por completo.
Tuve que salir a trabajar y llegué a una institución del Estado. Allí me vinculé con el área de seguridad ciudadana y derechos humanos, y fue en ese espacio donde comencé a descubrir mi vocación. Estas circunstancias me llevaron a conocer más de cerca a las personas de mi comunidad, sus dificultades y las distintas realidades que enfrentaban. Vivimos momentos muy difíciles, incluso desastres naturales causados por las lluvias. Me tocó acompañar a personas que quedaron sin techo, sin sus viviendas y con muchas necesidades, viviendo en centros de refugio.
Me di cuenta de que la mayoría de estas personas eran mujeres. En esa época yo no veía el machismo porque lo tenía naturalizado. Sin embargo, al trabajar tan de cerca con las comunidades, empecé a cuestionarme muchas cosas sobre las desigualdades que vivíamos las mujeres y sobre las distintas formas de violencia presentes en lo cotidiano.
Recuerdo el primer día que llegué a la sede de Tinta Violeta. Vine por una situación de violencia que estaba viviendo una vecina. Indagué sobre el trabajo que hacía la organización y decidí traerla conmigo. Mi vecina fue atendida de manera muy humana; recibió apoyo psicológico y asesoría legal, apoyos que fueron fundamentales para ella. Logró salir del círculo de violencia en el que se encontraba inmersa.
Ver su transformación me impactó profundamente. A partir de ese momento comencé a acercarme más al trabajo de Tinta Violeta y a formarme en temas de prevención y derechos de las mujeres.
Allí conocí herramientas como el violentómetro, una herramienta visual que permite identificar y reconocer las distintas formas y niveles de violencia en las relaciones, lo que me ayudó a comprender muchas expresiones de violencia que vivimos las mujeres tanto en los espacios públicos como en los privados, y también cómo, al tenerlas naturalizadas, muchas veces terminamos reproduciéndolas.
También entendí que, aunque se hablara de participación comunitaria en términos de igualdad, en la práctica eso no siempre se concretaba, porque los hombres seguían dominando muchos espacios.
Abrir los ojos en ese sentido hizo que decidiera capacitarme más en temas de prevención. Quería obtener herramientas para apoyar a otras mujeres y eso se convirtió en una de mis principales banderas de lucha.
Ahora me siento una multiplicadora y una militante por la defensa de las mujeres. Voy de sector en sector en la parroquia Altagracia, una zona del centro histórico de Caracas, la capital de Venezuela, llevando el mensaje de la prevención. A través del violentómetro comparto lo que he aprendido, y eso me llena de orgullo.
El trabajo de Tinta Violeta es retador porque la violencia sigue estando muy presente. Veo cómo mujeres mayores son maltratadas por sus propios hijos y cómo muchas jóvenes sufren violencia por parte de sus parejas. La violencia no se detiene y todas necesitan apoyo.
Por eso es tan importante sostener servicios de atención psicológica, asesoría legal y gestión de casos, pero sobre todo mantener el acompañamiento humano y dedicado que recibe cada mujer que llega buscando apoyo.
Yo misma reconozco cuánto ha cambiado mi vida. Antes era una persona muy volátil, me molestaba por todo. Ahora puedo ser más tolerante, solidaria y empática.
El proyecto del cual participa Ninoska ha sido posible gracias al apoyo de la Ayuda Humanitaria de la Unión Europea
Proyecto Tejiendo – ECHO, NRC

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