La gramática del género

El lenguaje inclusivo es uno de esos temas que genera exasperaciones instantáneas e indignaciones furibundas, especialmente porque se considera a nuestra lengua “hermosa” tal cual es, por lo que no necesita de estos elementos extras para funcionar. Y, en teoría, no se necesitan porque “nuestra lengua no excluye”, y el genérico es solo eso, un genérico, aunque esté en masculino ¿y por qué el genérico está en masculino? Pues porque sí. Ahora, más allá de adentrarnos en las raíces variopintas del idioma español (o castellano) y sus múltiples cambios a lo largo de los años (porque la lengua está cambiando constantemente, solo que a diferentes niveles y en distintos ritmos), podemos sentarnos más bien a pensarnos qué pasa que nos genera tantas emociones fuertes y un rechazo instantáneo. Vamos a pensarlo por un momento, solo como ejercicio, a ver qué pasa.

Uno de los primeros argumentos que se suele exponer es que es innecesario porque ya existen palabras que lo designan todo y que no podemos cambiar a voluntad las palabras porque así no funciona la cosa. Y en principio eso es correcto. Podemos inventar palabras, todas las que queramos, y de hecho lo hacemos. A nivel léxico solemos introducir con frecuencia palabras nuevas, bien sea para determinar acciones, situaciones, objetos o incluso personas. Así el suanfonson se coló en nuestra cotidianidad, y solo el tiempo dirá si se mantendrá o si saldrá tan suansonfon como llegó.

Pero lo que resulta más difícil de hacer es modificar la estructura del lenguaje a otros niveles, como por ejemplo, el gramatical, en donde entran los componentes de género y número. Y ciertamente lo es, sin embargo, como nuestra lengua castellana está llena de reglas, también lo está de excepciones, como el caso de la palabra “sirvienta”, que por regla general debería ser “sirviente” tanto para hombres como para mujeres (por ser un sufijo derivativo que significa “la persona que sirve”) pero que, en este caso particular, no aplica, y sin embargo, lo decimos tranquilamente sin que nos produzca ningún escalofrío lingüístico.

De este modo vemos que muchas de las cosas que entendemos como constantes no lo son tanto (o no con tanta intensidad) y que como nuestra lengua es un cuerpo vivo su tendencia es al cambio, siendo coherente con el comportamiento de toda lengua, que al momento en que deje de cambiar, posiblemente será el momento en que deje de existir, ya que la lengua se modifica en función de la cantidad de hablantes que la usen, adapten y personalicen, y que al no hacerlo más, probablemente signifique que dejará de ser útil a sus usuarios.

Por otra parte, también resulta conveniente hacer una salvedad, el lenguaje no solo se compone del habla, nuestro idioma (y casi todos) tienen diferentes niveles de funcionamiento, así lo léxico, lo ortográfico, lo sintáctico, lo gramatical, lo semántico y lo pragmático se fusionan en una mezcla de sonidos, tonos y signos que dan sentido a esto que conocemos como lenguaje, y que se modifican a distintos ritmos, siendo unos altamente cambiables (como el léxico o semántico) y otros muy poco cambiantes como el gramatical y ortográfico.

Ahora bien, volviendo al lenguaje inclusivo. Entiendo que sea un tema escabroso para diferentes personas, en principio yo también tenía mis reservas, especialmente con los primeros intentos con el arroba y la equis por su obvia problemática fonética (o sea, que son impronunciables) y con el desdoblamiento de género en casos como “niñas y niños”, por atentar directamente contra la economía del lenguaje, siendo de todos la “e” la opción más cómoda por ser pronunciable y perfectamente legible.

También entiendo cuando algunas personas argumentan que no les resulta cómodo el uso de la “e” o que “yo sí me siento incluida en la palabra todos” y claro, así nos lo han enseñado, el lenguaje es una de las primeras cosas que aprendemos, y cuando lo hacemos, no tenemos capacidad para negarnos ni interpelar reflexivamente el sesgo gramatical en el español, si nos dicen que todos nos incluye a nosotras, entonces todos nos incluye a nosotras, y listo ¿no? Bueno, no necesariamente.

El tema es el siguiente, la lengua guía y moldea nuestro pensamiento, es decir, modifica nuestro razonamiento y lo determina, un hecho comprobable mediante diferentes estudios realizados comparativamente entre varias lenguas y cómo su uso particular del lenguaje les otorga habilidades o particularidades en comparación con otras, por lo que, contrario a lo que pensemos, nuestra lengua nos determina de muchísimas maneras, algunas incluso, insospechadas.

Pongamos un ejemplo: En una comunidad aborigen australiana, los hablantes no utilizan palabras como derecha o izquierda para referirse a la dirección, sino que hablan en términos de puntos cardinales, así, cuando un miembro de esta comunidad quiere decir tu brazo izquierdo, dirá tu brazo este o tu brazo oeste. Suena curioso ¿cierto? Sin embargo, lo más curioso es la capacidad que tiene esta comunidad para ubicarse geográficamente, ya que por su cualidad de nombrar puntos cardinales para describir posiciones, se mantienen perfectamente ubicados espacialmente todo el tiempo, un habilidad impresionante, dada meramente por una característica lingüística.

Dejaré otro ejemplo: En un estudio reciente, la científica de cognición del lenguaje, Lera Boroditsky*, quiso indagar en la pregunta de si el género gramatical influía en la percepción que tenemos de los objetos cotidianos. Para ello seleccionó 24 palabras que en español y en alemán tenían distinto género. Estas 24 palabras en cada idioma eran la mitad femeninos y la mitad masculinos. Escogió hablantes de español y de alemán y les mostró las palabras escritas en inglés (que es un idioma que no tiene género en sus sustantivos) y les pidió a cada hablante que describiera con 3 palabras los objetos mostrados. Los resultados fueron reveladores. En alemán, la palabra llave es masculina, y la descripción que los alemanes hicieron de la palabra fueron “duras”, “pesadas”, “metalizadas”, “útiles”. Mientras que los hablantes de español las describieron como “pequeñas, “doradas”, “adorables” y “diminutas”.

Otra palabra mostrada fue puente. Para los alemanes, cuya palabra puente está en femenino, las descripciones eran con adjetivos como “hermoso”, “elegante”, “frágil”, “bonito”, “tranquilo”, mientras que los hablantes de español describieron los puentes como “grandes”, “fuertes, “peligrosos”, “imponentes”, entre otros.

Estos ejemplos sirven para ilustrar que el lenguaje, más allá de ayudarnos a comunicarnos y entendernos entre nosotros, sirve para trasmitir ideas complejas y modos de pensamiento que traspasan la barrera de lo utilitario, y que contiene elementos claves que determinan incluso nuestra manera de entendernos colectivamente.

Ahora ¿significa esto que entonces no existe machismo en los países angloparlantes solo porque no poseen género gramatical? Por supuesto que no, ya que, como veníamos conversando más arriba, el idioma no solo se compone de gramática, sino que está atravesado por muchos otros niveles de significado que da forma a nuestro universo mental.

Es importante considerar que tampoco existe fórmula perfecta o respuesta mágica que vaya a solventar los problemas de desigualdad o invisibilización, no en el lenguaje y no en ningún otro ámbito. Lo más probable es que las soluciones vengan dadas por un conjunto de propuestas en diferentes espacios que vayan generando cambios, lentos pero seguros, en cuanto a la inclusión social desde sus distintas aristas.

Finalmente, gracias a las investigaciones y esfuerzos de muchos científicos y pensadores acerca del lenguaje y de cómo este nos determina en tan variadas formas, podemos ver y entender el lenguaje con mayor amplitud, ahora, en ese sentido, la científica  Lera Boroditsky se pregunta ¿Podríamos pensar y pensarnos de otra forma? Y ¿qué modos de pensamientos queremos crear? Y yo agregaría ¿y a quiénes queremos incluir y ver reflejados en ellos?

* Charla Ted, Lera Boroditsy: https://www.youtube.com/watch?v=RKK7wGAYP6k&ab_channel=TED

Victoria Alen

Tinta Violeta

Octubre 2020