Feminismos, el todo y la nada

Todo es feminismo, y como todo es feminismo, entonces, ciertamente, nada lo es. Me explico. Las posturas político ideológicas no nacen de la nada, usualmente son posturas que manejan principios, reglas, métodos, teorías y una serie de elementos que sirven para su identificación y accionar. En los tiempos que vivimos la saturación de información y el poco rango para la reflexión dada por la velocidad a la que se mueven las plataformas de comunicación han generado una especie de “hipercomunicación” en donde todos estamos “informados” pero a la vez nadie lo está. Las noticias se ojean solo por su titular, y mediante la lectura de pocas líneas se termina llegando a una conclusión definitiva acerca de un fenómeno o información que seguramente requería un poco más de tiempo y análisis. Sin embargo, en esta realidad actual, el tiempo corre a gran velocidad y las noticias no dan espacio para ningún tipo de reflexión quedando entonces a merced de una especie de conclusión apresurada para pasar a lo siguiente que está ocurriendo en este momento y poder mantenernos al tanto de todo. Sencillamente imposible.

Este fenómeno actual ha generado una serie de “expertos espontáneos” en temas de gran profundidad que suelen tratar todo lo que acontece como noticias de entretenimiento hollywoodense, y con los mismos niveles reflexivos. El feminismo no ha escapado de esta tendencia, y por fuerza de un discurso desinformador, alienante y en algunos casos conservador, cualquier cosa con dos mujeres al frente pasa a ser, automáticamente, feminista, mediante un ejercicio de silogismo banal y completamente reducido al absurdo.

De este modo, un portal de noticias norteamericano recientemente publicó, con una especie de “orgullo progresista”, que de los cinco CEO (jefes de compañía) contratistas a la cabeza de un proyecto nuclear nacional que se está llevando a cabo en Estados Unidos, cuatro son mujeres. Así, la noticia estaba aderezada con un tinte de “logro feminista” porque es primera vez en la historia en la que la mayoría decisora en un proyecto de esta magnitud e importancia (y potencialmente genocida), era liderado por mujeres, un gran avance, acorde a la lógica de ese noticiero.

En este mismo orden de ideas, de nuestro lado del mundo, especialmente dentro de nuestro país, que las mujeres de nuestras zonas populares, pueblos, barrios y caseríos, sean las que más trabajan en la organización comunal, agregándole horas extras a su ya colapsado día a día, sin ser consideradas para las decisiones políticas, o que su palabra tenga peso en las formas de organización nacional, distribución o contenido de las cajas de alimentación (por poner un ejemplo puntal), es considerado un logro feminista.

Es decir, ver mujeres en áreas dominadas por hombres, pero haciendo lo mismo que hacían los hombres, bajo una lógica que continua explotando y oprimiendo, acorde a ciertas posturas es un avance feminista. Y pues, es aquí en donde debemos comenzar a intervenir, porque el feminismo no se trata, bajo ningún concepto, de multiplicar a las mujeres en los ámbitos públicos sin modificar el contexto de este ámbito, y mucho menos sin modificar su condición en el ámbito privado o sus repercusiones en lo colectivo.

¿En qué proceso político se exige amor como compromiso, motor y pago sin ofrecer ningún tipo de mejora a cambio? Ciertamente en los procesos revolucionarios no. Ya para principios de siglo XX, cuando explotó la revolución rusa, los soviéticos, conscientes hasta cierto punto de la jornada laboral que suponía el trabajo doméstico escribieron:

La absorción completa de las funciones económicas de la familia por la sociedad socialista, al unir a toda una generación por la solidaridad y la asistencia mutua, debía proporcionar a la mujer, y en consecuencia, a la pareja, una verdadera emancipación del yugo secular. Mientras que esta obra no se haya cumplido, cuarenta millones de familias soviéticas continuarán siendo, en su gran mayoría, víctimas de las costumbres medievales, de la servidumbre y de la histeria de la mujer, de las humillaciones cotidianas del niño, de las supersticiones de una y otro. (Trosky, 1938)

Entonces, el discurso del amor, como motor que mueve todo, sin recibir nada a cambio, suena más a manipulación emocional que a proyecto revolucionario. O lo que es peor, va más acorde a los discursos de superación, altamente vendidos por el coaching, como motivación de vida en la que el individuo siempre es culpable de sus males y su éxito depende exclusivamente de él y no de las condiciones materiales de existencia. También tiene un cierto tinte a sacrificio judeo-cristiano, a discurso de pobreza endilgado a las masas empobrecidas por las terribles condiciones políticas, muy popular en los años 80 en donde figuras como María Teresa de Calcuta y el papa Juan Pablo Segundo daban cátedra sobre los beneficios del sufrimiento y el dolor en la otra vida y la necesidad de soportarlo con humildad y resignación en esta.

Hagamos un ejercicio de traspolación. Si pintas una bomba con flores, no conviertes la bomba en un símbolo de paz, esa bomba continuará siendo una bomba, una herramienta de destrucción masiva, producto de una ideología colonial, preparada para asolar y destruir una cultura distinta a la dominante. Entonces, consideramos importante detenernos un poco y pasar por un filtro las noticias que consumimos y las posturas que adoptamos frente a ellas.

Ciertamente la organización comunal liderada por mujeres posee un impacto positivo en estas, muchas de ellas manifiestan sentirse mejor, más sociales, llenas de energía, sentirse escuchadas, útiles y respetadas, lo que nos lleva a pensar que haberlas sacado (a muchas ellas) del trabajo doméstico y cuidado de los hijos como única tarea les aportó un aire de libertad. Hasta este punto todo bien, el problema llega cuando analizamos la cantidad de trabajo que supone encargarse de una Ubch, un Consejo Comunal, o un CLAP.

¿Cuántas horas extras asumen estas mujeres diariamente de trabajo comunitario? De estas horas extras ¿cuántas eran utilizadas antes para el descanso propio? Y más importante aún ¿por qué el Estado asume que este trabajo no debe ser remunerado, o de alguna manera compensado? Es cierto que el trabajo voluntario se hace, bien como su palabra lo indica, por voluntad, pero, si hablamos de una estructura de base, que responde a unas órdenes emanadas de una jerarquía, ¿no se contradice eso un poco con el espíritu del Poder Popular? ¿O es que el Poder Popular es solo el mismo pueblo obedeciendo sin mandar, contrario a la máxima zapatista? Podemos perfectamente saltarnos la lógica capitalista de fuerza de trabajo a cambio de una recompensa monetaria, porque se supone que nos manejamos en otros términos, pero, si somos el Poder Popular, y estas mujeres son las lideresas de este Poder, constituido legalmente dentro de nuestra Constitución ¿No deberían ser ellas quienes tomen las decisiones sobre el qué, cómo, cuándo y con quién se realiza la distribución de los alimentos? ¿No sería hermoso poder contar con un Encuentro Nacional de Lideresas Comunitarias en donde se plantee la discusión de qué alimentos

deben distribuirse en los CLAP acorde a sus necesidades particulares y colectivas? ¿Una asamblea en donde se discuta sobre una forma colectiva del cuidado de los niños para que este pueda integrarse al trabajo comunitario y no se convierta en una traba? ¿No debería discutirse con los compañeros hombres el valor del trabajo doméstico, del cuidado y de las tareas reproductivas para que no sean un ámbito únicamente de las mujeres?

Las experiencias derivadas del trabajo comunitario, asumido desde hace ya varios años por un importante sector de la población venezolana, es una hermosa oportunidad para comenzar a entregar poder real decisivo a las organizaciones de base que han probado, en más de una ocasión, que están más que listas para encargarse no solo de la última etapa de la cadena distributiva, sino de elementos mucho más importantes referentes a lo que estamos consumiendo (de nuevo, pensando en el sistema CLAP) y el valor nutricional de los productos, así como de otras cosas que faltan dentro de esa caja, como productos de higiene, dentro de los cuales, toallas sanitarias y pañales deberían considerarse artículos de primera necesidad.

¿Qué proyectos podrían salir de una articulación real, apoyada por un censo utilizando la herramienta del carnet de la patria, en donde se pueda determinar, con un nivel alto de acierto, las necesidades colectivas nutricionales y las alternativas de alimentación, pensando menos en la importación y más en la producción nacional? Estas preguntas, que todos nos hemos hecho en algún punto, solo pueden materializarse trascendiendo la burocracia, abandonando las fórmulas repetidas sin cesar, que han probado hasta el hastío ser completamente ineficientes en la práctica, y que no generan aportes reales, sino fallas constantes y frustración colectiva.

Es en esa insistencia por mantener lo que no funciona, en repetir lo que sabemos que fallará, en ignorar las consecuencias de una soberbia centralista imposibilitada al diálogo, es donde el feminismo puede entrar y proponer, desde otro lugar, desde el margen a la estructura, desde la periferia del hegemón, un camino distinto de construcción.

La explotación no es ni nunca será feminista, la prostitución no es y nunca será feminista, la doble y triple jornada laboral no es y nunca será feminista, el capitalismo y el imperialismo no son, ni nunca serán feministas, son manifestaciones del poder, que intentan cooptar un movimiento que no pueden desaparecer, pero al que pueden intentar vaciar. Rita Segato reflexiona al respecto en una conferencia:

No puedes observar el poder, ningún poder es observable, la negrura no sabe cómo ataca la blancura, las mujeres no sabemos cómo atacan los hombres y de ahí todo en adelante. Pero puede ser inferido, por sus epifenómenos, cuando llegamos a una noción de eventos, y así inferimos hacia donde se dirige el poder (…) por ejemplo en esta época histórica, los paralelismos, las semejanzas impresionantes, en los destinos de Brasil y de Argentina, eso tiene que estar planeado en algún lugar, porque es una coincidencia muy grande, el método es próximo, por ejemplo, por eso, se infiere, podemos decir, por estos datos y por esas semejanzas que existe una agenda, que esa agenda fue planeada quirúrgicamente para ser aplicada entre nosotros, en dos países de la misma forma.

Y es esa agenda, esa fórmula, que busca vaciar y resignificar un movimiento que a todas luces amenaza la existencia del poder como hegemonía patriarcal y capitalista. Por eso es fundamental no confundir mujeres en espacio público con feminismo logrado y terminado. Una mujer en un espacio público no es feminista a menos que su accionar lo sea, y eso pasa por comprender que el espacio de poder, debe convertirse en espacio colectivo de diversidades, en donde ese poder se reparta y se transforme, sino, seguiremos siendo una bomba pintada de flores.

Toda esta reflexión pasa también por comprender, que no podemos dejar que nos definan desde afuera, ni desde el afuera más lejano constituido por el occidente más capitalista, ese autodenominado “primer mundo” ni por el afuera más cercano, representado en los poderes constituidos o fácticos, todos patriarcales, que buscan etiquetar a la mujer a su antojo y comodidad. No es el burgués quien nos dirá cómo manejarnos, pero tampoco el militante ex guerrillero que pretende ponernos coto porque somos demasiado incómodas para el poder nacional. Somos incómodas y esa es nuestra bandera, la comodidad significa ceder, significa pactar, en palabras de María Galindo:

Los feminismos tienen como genealogía las rebeliones colectivas e individuales de las mujeres contra los mandatos patriarcales a lo largo y ancho del mundo. No somos las hijas menores de Simone de Beauvoir, ni de las sufragistas, ni de no sé qué otro cuerno más. La producción política que hace que vos estés aquí viene de otro lado y es urgente que la conozcas y la reconozcas.

Lo que muchas veces pasa por conocerlos y reconocernos, así como reconocer cuándo están intentando arrastrarnos para una lucha estéril que tiene más que ver con épicas y fantasías nacionalistas, con agendas en las que nuestras demandas quedan, como históricamente ha sido, en un segundo plano. Entonces, nuestras reflexiones necesariamente deben pasar por un reconocimiento interno y un análisis de nuestras necesidades, como sujetas políticas, que todavía tienen mucho camino por recorrer. No solo en la nueva oleada conservadora que amenaza con echar para atrás lo alcanzado, sino con los discursos alienantes que promueven ese vaciamiento del feminismo en donde todo y nada son lo mismo y lo relativo se lleva por el medio lo reflexivo.

Victoria Alen

Tinta Violeta

Octubre 2020