Voz inesperada

Tenía dos años sin asistir a consulta y sentía una angustia profunda. En mi mente revoloteaban pensamientos dolorosos con los que intentaba comprender los procesos de mudanza, una relación amorosa quebrada, el desasosiego laboral y la incertidumbre de los días. Ni siquiera comencé con buena cara este nuevo semestre. Y, ahora, pa’ más ñapa: una lesión en mis nalgas que debía resolver.

Ese viernes reuní el dinero. La consulta costaba diez dólares. Al cambio del día, ese monto se tradujo en setecientos mil bolívares, es decir, un poco más de la mitad de mi salario. Sin embargo, con el apoyo y sororidad de una amiga querida, garanticé la plata.

Desperté al amanecer, preparé desayuno y almuerzo. No fui al trabajo. “Mi salud está primero”, dije convencida y partí al centro médico.

Tocó esperar. Así ocurre cada vez que una va a una institución de la salud pública o privada, como en este caso, “más o menos” barata. Esperé, sí. Esperé parada y con poca agua para calmar la ansiedad al mismo tiempo que veía el paso rápido de las batas blancas acercándose a las pacientes. Sí, “las” pacientes, en plural femenino, porque la mayoría de las personas asistentes a estos lugares son mujeres jóvenes o adultas, quienes hacen control (¿control?) de su salud. Mamás-jóvenes-mamás-adultas-abuelas-tías-todas. ¿Seré la excepción? Confieso que voy al médico sólo si me siento mal o si sospecho de algún síntoma. No soy de las que se hacen chequeos constantes en el ginecólogo. Tal vez soy así porque no recibí una educación sexual a tiempo. Y quizá también este descuido se deba a una discriminación un poco invisible pero cierta: atender la salud de nuestros cuerpos es una realidad concreta que implica mucho dinero en Venezuela.

“Andrea Rodríguez, pase a consulta con la doctora Angélica Marcano”, escuché. “Coño, ¡al fin!”, musité luego de dos horas en la sala de espera. Entré al consultorio, saludé a la doctora, quien despectiva respondió: “¿a dónde vas? Ahí no es, ven para acá, debo tomarte los datos primero”. “Me tocó una amargada”, me dije. “¿Tienes pareja?”, preguntó. Pensé: sí, bueno, básicamente ya no. “Sí, tengo novio”, le contesté. “¿Método anticonceptivo?”. ¡Ufff! Desde hace tiempo que no usamos condón ni nada más. “Sólo condón”, respondí y enseguida la doc me echó una mirada de arriba hacia abajo e indicó que, ahora sí, me colocara la bata y luego recostara mi cuerpo en la camilla.

Me acosté bocarriba, flexioné las rodillas y abrí mis piernas. Siempre he pensado que la citología es una situación invasiva vivida a temprana edad por todas las mujeres. O por las que accedemos a este tipo de examen médico.

Mi entrepierna, humedísima, parecía baba de caracol ardiente y de inmediato comenté apenada por qué había ido: “Señora, realmente quiero saber qué es eso que tengo. Creo que es un herpes pero no estoy segura”. Otra vez su mirada displicente. “Tu flujo parece normal. Pero sí parece un herpes, ¿acaso no sabes que es una enfermedad de transmisión sexual?”, preguntó mientras introducía el aparato de metal en mi vagina. Ahí, desnuda, encima de la cama fría, sentí su increpación.

Afirmé. No hubo confianza para relatar mi vida sexual con ella. Su voz-piedra retumbó en mi cabeza como las palabras de mi ex compañero cuando me llamó «puta» por acostarme con dos chicos. Era la voz que nos culpabiliza y juzga dentro de un sistema que vulnera, descuida y ultraja nuestros cuerpos feminizados. Voz soberbia, indiferente y violenta.  

Ella, sin compartir más palabras conmigo, hizo entrega de un récipe que señalaba tomar “Aciclovir” para tratar la irritación. (Aunque todavía no tenía certeza de qué carajo tenía en mi culo). Según ese mismo papel, debía realizarme un eco transvaginal. Pero yo sabía que no volvería a ese centro médico. Porque la violencia me descoloca y desmoviliza a través del miedo que produce en mí. Entonces prefiero omitir algunos lugares, situaciones o personas. No volvería. No regresé, como muchas otras mujeres que no encuentran un lugar justo en centros de salud o en órganos de Justicia al momento de denunciar. No vuelven a espacios donde esperan (esperamos), al menos, ser tratadas dignamente. 

Laura Cano

Tinta Violeta