Desandar la política

Tuve una amiga entrañable una vez, que murió hace ya un tiempo, y que fue una de esas compañeras que todes necesitamos para que nos acompañe a encontrar el camino justo, el de nuestras ideas.

Relaciones profundas que hacen ir de la mano afectos y sueños. Relaciones que aunque no son carnales, te hacen sentir que se pertenecen la una a la otra. Con ella a mi vera llegábamos a reuniones y asambleas donde a mi modo de ver, la gente de grandes ideas, barbas y pelo corto  debatían sobre cómo debía ser el mundo.

La vida en esos días transcurría entre la avenida las Ciencias y el puente de Plaza Venezuela, el almuerzo era una cola en el comedor que odiaba, la música que oíamos era toda Latinoamericana,  las fiestas eran más bien peñas y los hombres, compañeros de los que yo me enamoraba perdidamente y que, creía yo, seguiría enamorada hasta el final de mis días. La sexualidad era una idea loca que las mujeres teníamos entre ceja y ceja y no entre vagina y clítoris.

Así transcurrían los días de porro y porro, clase y clase; la lucha se hacía a piedras, y las y los revolucionarios se contaban de a decenas y no de a miles.

Las mujeres en la política éramos entonces especímenes raros que al igual que ahora estábamos de adorno o éramos brujas y marimachas. Los hombres todo lo decían y nosotras todo lo hacíamos.

No sé realmente cual fue el día, el momento, el instante,  en el que no permití más que me aclararan mis propias ideas aquellas voces gruesas y fuertes, esas miradas masculinamente inquisidoras, pero ese día llegó.

Para poder hacerme notar a mí y mis utopías, aprendí a hablar en clave masculina, a moverme entre tiburones como una más de ellos, hasta que obviarme dejó de ser una posibilidad porque yo lo hacía todo.

Tampoco recuerdo exactamente el día en el que me di cuenta, en el que me percaté de un tirón que era una de ellos. No una, sino uno.

Por suerte hoy sigo teniendo entrañables hermanas de la vida y estamos una al lado de la otra. Ellas me han enseñado de nuevo a hacer política. Me han enseñado que competir es la clave masculina de la vida, y aunque mi cuerpo se resiste a desaprender lo andado, mi mente y mis sentimientos tiran ya más fuerte hacia ese quehacer político en clave feminista. Donde la voz de todas es importante, donde lo colectivo no anula per se a la individua, donde abrazarnos, cantarnos y ponernos estrellitas unas a las otras es tan importante como el tratado completo de la revolución que soñamos. Es tan sororal nuestra relación de hermanas que aquella luna, ese satélite hembra que mueve el agua y desata tormentas ha sincronizado en espléndido giro nuestros úteros.

Vamos tan juntas, que sangramos al unísono.

Hacemos política si, con abrazos y besos, con cantos y creatividad. Hacemos política feminista.

Daniella Inojosa

Tinta Violeta