Recomendaciones Violeta – I May Destroy You Copia

Aprovechando el revuelo de los premios Globos de Oro dejamos esta recomendación, a propósito de que esta serie, por alguna razón que todavía no comprendemos, no recibió ninguna nominación. Por supuesto que hablamos de I May Destroy You, una serie escrita, co-dirigida y protagonizada por la mutifacética Michaela Coel y que nos cuenta la historia de una mujer que es drogada y violada en un club durante una noche de fiesta con varios amigos,  y todo el camino que recorre la protagonista para lidiar con esa situación.

Uno de los elementos más interesantes de esta historia viene dada porque I May Destroy You está basada en una traumática experiencia personal de su creadora, lo que le imprime muchísima veracidad, no solo a las actuaciones sino también a los diferentes conflictos que vive la protagonista a lo largo de la historia. La narrativa es sólida, así como sus personajes, y su desarrollo logra que nosotros como espectadores nos replanteemos nuestras experiencias sexuales y nos hagamos distintas interrogantes.

La serie tiene una duración de 12 capítulos y aparentemente  autoconclusiva ya que no se platea una segunda temporada. El valor de este material viene dado por diferentes elementos, tanto a nivel técnico como la dirección de arte, los diálogos y la construcción de los personajes, como en cuanto a contenido, con una historia sólida, de temática compleja, pero que nunca aburre y que jamás sientes como una lección de sexualidad, a pesar de que durante toda la cinta te plantea preguntas y discusiones. El resultado es un seriado con un discurso orgánico que visibiliza el proceso de trauma de una violación desde el punto de vista de su víctima, sin minimizarla, enaltecerla o romantizarla.

En principio no vemos el crimen en sí mismo y tampoco la cara del violador, pero lo que sí vemos a detalle son los efectos que tuvo ese evento traumático en la vida de Arabella, su protagonista, una joven escritora, sumamente talentosa cuya vida da un giro inesperado y desagradable.

Con un tono profundo que no llega a aburrir, la historia se pasea por distintas formas de discriminación y nos permite ver la realidad de los abusos sexuales con una veracidad pocas veces representada en pantalla “Antes de ser violada nunca le presté atención al asunto de ser una mujer. Estaba demasiado ocupada siendo negra y pobre. Una pequeña violación parece poca cosa cuando otras chicas mueren lapidadas por tener un celular o sangran hasta morir con los genitales mutilados”, dice Arabella en un capítulo, planteándonos la interseccionalidad como otra temática para el debate.

Por todo lo anteriormente dicho, I May Destroy You fue alabada y vitoreada tanto por la crítica especializada como por el público general, por lo que resultó una sorpresa desagradable que no haya sido nominada a los Globos de Oro recientes ¿cuáles fueron las razones? Siguen siendo un misterio, pero misoginia y racismo son palabras que suenan con fuerza en estas acusaciones.

Te recomendamos mucho I May Destroy You, es una serie que cumple con todos los elementos básicos del entretenimiento, es graciosa, tiene personajes agradables, diálogos inteligentes, pero aparte nos deja con muchas reflexiones que pasarán semanas dándonos vueltas en la cabeza.

“Akelarre”: una historia de sororidad y sexo

“Akelarre”, una película estrenada en Netflix que ha ganado popular recientemente. Su nombre de origen vasco hace referencia a la reunión de brujas que realizan rituales y hechizos en adoración al Diablo. Esta cinta cuenta la historia de las jóvenes Ana, María, Olaia, Katalin, Maiden y Oneka, quienes se dedican a labores comunitarias mientras los hombres trabajan mar adentro y están afuera del pueblo.

A las hermanas Ana y María, junto a sus amigas, les gusta elevar y dedicar cantos a sus maridos, novios y hombres de sus vidas. En los ratos libres, les encanta bailar en medio del bosque, reírse, echar los cuentos. Pero estas actividades son estigmatizadas y sentenciadas por el juez Rostegui, apoyado por el párroco de la comunidad. A ellas se les acusa de cometer crímenes, se les acusa de ser brujas.

La película «Akelarre», dirigida por Pablo Agüero, ganó cinco premios Goya, entre los que destacan las categorías “Mejor dirección artística”, “Mejores efectos especiales” y “Mejor música original”, entre otros. La fotografía y dirección son excepcionales, se caracteriza por tener una buena iluminación y contrastes en todas sus escenas.

Este filme fue grabado en los bosques, costas y poblados del País Vasco, Euskal Herria, lugar en que tiempo atrás se caracterizó por padecer la cacería, feminicidios y juicios hacia mujeres, señaladas de “brujas”, por parte de la iglesia y la monarquía española durante el siglo XVII.

El diálogo y guión de “Akelarre” se presenta, al mismo tiempo, en vasco y en castellano; exponiendo así la resistencia de lenguas originarias, como ocurrió con el euskera, que ha sido históricamente prohibido por los reinados y dictaduras de España.

            Asimismo, es una película que pretende visibilizar temas relacionados a cómo la sororidad da un viraje al destino de las protagonistas. Sin embargo, también expone algunas escenas sexuales, clichés y redundantes, que sólo buscan complacer la mirada masculina del espectador desde la postura comercial que asumen los creadores como parte de su narrativa.

Es decir, más que hacer crítica al símbolo y estereotipo de la bruja, que se refiere a la “puta”, “pecadora” y “mala madre-hija” en nuestra historia occidental, con “Akelarre” se sigue ratificando la idea de que las mujeres usan (usamos) el sexo como herramienta de manipulación para pervertir a los hombres. Todo esto con el fin de conseguir la “liberación” femenina en un contexto fuertemente genocida donde las instituciones, moralmente correctas, nos juzgan, queman, asesinan o ejecutan. Así fue el desenlace simplista de la historia. Tal vez, por tal motivo no la vería dos veces esta película.

Pero, en síntesis, Akelarre, con “k”, es una producción audiovisual que intenta expresarnos la sororidad entre mujeres víctimas de las violencias directas del pacto patriarcal y el machismo. Inclusive, es un relato que, no explícitamente, te habla un poco sobre racismo, xenofobia y persecución hacia las comunidades y grupos sociales que alguna vez –aún- se rebelan en contra del sistema hegemónico.

     Aun cuando la película presenta algunas debilidades narrativas, hay elementos que sirven entorno a la necesidad de visibilizar al patriarcado y sus expresiones sistemáticas contra las mujeres. Es por esto que te recomiendo ver “Akelarre”, y más te recomiendo luchar como las nietas de las brujas que nunca pudieron quemar.

Laura Cano

Recomendaciones Violeta – I May Destroy You

Aprovechando el revuelo de los premios Globos de Oro para dejar una recomendación, a propósito de que esta serie, por alguna razón que todavía no comprendemos, no recibió ninguna nominación. Por supuesto que hablamos de I May Destroy You, una serie escrita, co-dirigida y protagonizada por la mutifacética Michaela Coel y que nos cuenta la historia de una mujer que es drogada y violada en un club durante una noche de fiesta con varios amigos,  y todo el camino que recorre la protagonista para lidiar con esa situación.

Uno de los elementos más interesantes de esta historia viene dada porque I May Destroy You está basada en una traumática experiencia personal de su creadora, lo que le imprime muchísima veracidad, no solo a las actuaciones sino también a los diferentes conflictos que vive la protagonista a lo largo de la historia. La narrativa es sólida, así como sus personajes, y su desarrollo logra que nosotros como espectadores nos replanteemos nuestras experiencias sexuales y nos planteemos distintas interrogantes e incluso debates.

La serie tiene una duración de 12 capítulos y aparentemente es una serie autoconclusiva que no se platea una segunda temporada. El valor de esta serie viene dada por diferentes elementos, tanto a nivel técnico como la dirección de arte, los diálogos y la construcción de los personajes, como en cuanto a contenido, con una historia sólida, de temática compleja, pero que nunca aburre y que jamás sientes como una lección de sexualidad, a pesar de que durante toda la cinta te plantea preguntas y discusiones. El resultado es una serie con un discurso orgánico que visibiliza el proceso de trauma de una violación desde el punto de vista de su víctima, sin minimizarla, enaltecerla o romantizarla.

En principio no vemos el crimen en sí mismo y tampoco la cara del violador, pero lo que sí vemos a detalle son los efectos que tuvo ese evento traumático en la vida de Arabella, su protagonista, una joven escritora, sumamente talentosa cuya vida da un giro inesperado y desagradable.

Con un tono profundo que no llega a aburrir, la historia se pasea por distintas formas de discriminación y nos permite ver la realidad de los abusos sexuales con una veracidad pocas veces representada en pantalla “Antes de ser violada nunca le presté atención al asunto de ser una mujer. Estaba demasiado ocupada siendo negra y pobre. Una pequeña violación parece poca cosa cuando otras chicas mueren lapidadas por tener un celular o sangran hasta morir con los genitales mutilados”, dice Arabella en un capítulo, planteándonos la interseccionalidad como otra temática para el debate.

Por todo lo anteriormente dicho, I May Destroy You fue alabada y vitoreada tanto por la crítica especializada como por el público general, por lo que resultó una sorpresa desagradable, que no haya sido nominada a los Globos de Oro recientes ¿cuáles fueron las razones? Siguen siendo un misterio, pero misoginia y racismo son palabras que suenan con fuerza en estas acusaciones.

Te recomendamos mucho I May Destroy You, es una serie que cumple con todos los elementos básicos del entretenimiento, es graciosa, tiene personajes agradables, diálogos inteligentes, pero aparte nos deja con muchas reflexiones que pasarán semanas dándonos vueltas en la cabeza.

Victoria Alen

#8M Ruta feminista por todos nuestros derechos

Articulación de colectivas e individualidades tomamos las calles en una Ruta Feminista por Todos Nuestros Derechos 

El próximo lunes 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer Trabajadora, colectivas e individualidades feministas tomamos las calles en una Ruta Feminista por Todos Nuestros Derechos en la ciudad de Caracas, Venezuela. 

A partir de las 10 de la mañana, tomando medidas de bioseguridad, nos manifestaremos cerca de la Asamblea Nacional de Venezuela, específicamente en la Esquina Caliente de la plaza Bolívar, al frente del Palacio Municipal de Caracas, con el motivo de elevar diversas consignas y entonar el “Himno de la Liberación” (una adecuación del Himno de la Federación).

Asimismo, socializaremos y entregaremos nuevamente un documento referido a las demandas de estos últimos tres años en cuanto a la atención institucional de las violencias machistas, los femicidios, políticas públicas y cifras en el país, los derechos laborales de las mujeres en los espacios públicos y privados, y el derecho a la interrupción voluntaria del embarazo, entre otras exigencias. 

Luego, a partir de las doce del mediodía (12pm) marcharemos desde la plaza Bolívar del centro de Caracas hasta Bellas Artes para unirnos a un encuentro artístico y tribuna feminista, denominado “Amiga, date cuenta”, que empezará desde las 2pm en la isla de cruce ubicada entre la plaza Morelos y la Universidad Nacional Experimental de las Artes (UNEARTE).

Por otro lado, el domingo 7 de marzo elevaremos nuestras voces en un Twitazo Feminista por Todos Nuestros Derechos, de 6 a 8pm (VE), a través de la plataforma Twitter, con el uso de las etiquetas principales #8M y #JusticiaParaTodasLasMujeres. 

El 8 de marzo no es un día para festejar sino para reconocer las diversidades de las mujeres, en sus contextos y cotidianidades. Es una fecha para reivindicar los derechos alcanzados y denunciar aquellos que nos son vulnerados de manera sistemática por razones sociales, económicas y de género.  Es un día para encontrarnos juntas en la calle  y demostrar, una vez más, que no estamos solas.

 

La gramática del género

El lenguaje inclusivo es uno de esos temas que genera exasperaciones instantáneas e indignaciones furibundas, especialmente porque se considera a nuestra lengua “hermosa” tal cual es, por lo que no necesita de estos elementos extras para funcionar. Y, en teoría, no se necesitan porque “nuestra lengua no excluye”, y el genérico es solo eso, un genérico, aunque esté en masculino ¿y por qué el genérico está en masculino? Pues porque sí. Ahora, más allá de adentrarnos en las raíces variopintas del idioma español (o castellano) y sus múltiples cambios a lo largo de los años (porque la lengua está cambiando constantemente, solo que a diferentes niveles y en distintos ritmos), podemos sentarnos más bien a pensarnos qué pasa que nos genera tantas emociones fuertes y un rechazo instantáneo. Vamos a pensarlo por un momento, solo como ejercicio, a ver qué pasa.

Uno de los primeros argumentos que se suele exponer es que es innecesario porque ya existen palabras que lo designan todo y que no podemos cambiar a voluntad las palabras porque así no funciona la cosa. Y en principio eso es correcto. Podemos inventar palabras, todas las que queramos, y de hecho lo hacemos. A nivel léxico solemos introducir con frecuencia palabras nuevas, bien sea para determinar acciones, situaciones, objetos o incluso personas. Así el suanfonson se coló en nuestra cotidianidad, y solo el tiempo dirá si se mantendrá o si saldrá tan suansonfon como llegó.

Pero lo que resulta más difícil de hacer es modificar la estructura del lenguaje a otros niveles, como por ejemplo, el gramatical, en donde entran los componentes de género y número. Y ciertamente lo es, sin embargo, como nuestra lengua castellana está llena de reglas, también lo está de excepciones, como el caso de la palabra “sirvienta”, que por regla general debería ser “sirviente” tanto para hombres como para mujeres (por ser un sufijo derivativo que significa “la persona que sirve”) pero que, en este caso particular, no aplica, y sin embargo, lo decimos tranquilamente sin que nos produzca ningún escalofrío lingüístico.

De este modo vemos que muchas de las cosas que entendemos como constantes no lo son tanto (o no con tanta intensidad) y que como nuestra lengua es un cuerpo vivo su tendencia es al cambio, siendo coherente con el comportamiento de toda lengua, que al momento en que deje de cambiar, posiblemente será el momento en que deje de existir, ya que la lengua se modifica en función de la cantidad de hablantes que la usen, adapten y personalicen, y que al no hacerlo más, probablemente signifique que dejará de ser útil a sus usuarios.

Por otra parte, también resulta conveniente hacer una salvedad, el lenguaje no solo se compone del habla, nuestro idioma (y casi todos) tienen diferentes niveles de funcionamiento, así lo léxico, lo ortográfico, lo sintáctico, lo gramatical, lo semántico y lo pragmático se fusionan en una mezcla de sonidos, tonos y signos que dan sentido a esto que conocemos como lenguaje, y que se modifican a distintos ritmos, siendo unos altamente cambiables (como el léxico o semántico) y otros muy poco cambiantes como el gramatical y ortográfico.

Ahora bien, volviendo al lenguaje inclusivo. Entiendo que sea un tema escabroso para diferentes personas, en principio yo también tenía mis reservas, especialmente con los primeros intentos con el arroba y la equis por su obvia problemática fonética (o sea, que son impronunciables) y con el desdoblamiento de género en casos como “niñas y niños”, por atentar directamente contra la economía del lenguaje, siendo de todos la “e” la opción más cómoda por ser pronunciable y perfectamente legible.

También entiendo cuando algunas personas argumentan que no les resulta cómodo el uso de la “e” o que “yo sí me siento incluida en la palabra todos” y claro, así nos lo han enseñado, el lenguaje es una de las primeras cosas que aprendemos, y cuando lo hacemos, no tenemos capacidad para negarnos ni interpelar reflexivamente el sesgo gramatical en el español, si nos dicen que todos nos incluye a nosotras, entonces todos nos incluye a nosotras, y listo ¿no? Bueno, no necesariamente.

El tema es el siguiente, la lengua guía y moldea nuestro pensamiento, es decir, modifica nuestro razonamiento y lo determina, un hecho comprobable mediante diferentes estudios realizados comparativamente entre varias lenguas y cómo su uso particular del lenguaje les otorga habilidades o particularidades en comparación con otras, por lo que, contrario a lo que pensemos, nuestra lengua nos determina de muchísimas maneras, algunas incluso, insospechadas.

Pongamos un ejemplo: En una comunidad aborigen australiana, los hablantes no utilizan palabras como derecha o izquierda para referirse a la dirección, sino que hablan en términos de puntos cardinales, así, cuando un miembro de esta comunidad quiere decir tu brazo izquierdo, dirá tu brazo este o tu brazo oeste. Suena curioso ¿cierto? Sin embargo, lo más curioso es la capacidad que tiene esta comunidad para ubicarse geográficamente, ya que por su cualidad de nombrar puntos cardinales para describir posiciones, se mantienen perfectamente ubicados espacialmente todo el tiempo, un habilidad impresionante, dada meramente por una característica lingüística.

Dejaré otro ejemplo: En un estudio reciente, la científica de cognición del lenguaje, Lera Boroditsky*, quiso indagar en la pregunta de si el género gramatical influía en la percepción que tenemos de los objetos cotidianos. Para ello seleccionó 24 palabras que en español y en alemán tenían distinto género. Estas 24 palabras en cada idioma eran la mitad femeninos y la mitad masculinos. Escogió hablantes de español y de alemán y les mostró las palabras escritas en inglés (que es un idioma que no tiene género en sus sustantivos) y les pidió a cada hablante que describiera con 3 palabras los objetos mostrados. Los resultados fueron reveladores. En alemán, la palabra llave es masculina, y la descripción que los alemanes hicieron de la palabra fueron “duras”, “pesadas”, “metalizadas”, “útiles”. Mientras que los hablantes de español las describieron como “pequeñas, “doradas”, “adorables” y “diminutas”.

Otra palabra mostrada fue puente. Para los alemanes, cuya palabra puente está en femenino, las descripciones eran con adjetivos como “hermoso”, “elegante”, “frágil”, “bonito”, “tranquilo”, mientras que los hablantes de español describieron los puentes como “grandes”, “fuertes, “peligrosos”, “imponentes”, entre otros.

Estos ejemplos sirven para ilustrar que el lenguaje, más allá de ayudarnos a comunicarnos y entendernos entre nosotros, sirve para trasmitir ideas complejas y modos de pensamiento que traspasan la barrera de lo utilitario, y que contiene elementos claves que determinan incluso nuestra manera de entendernos colectivamente.

Ahora ¿significa esto que entonces no existe machismo en los países angloparlantes solo porque no poseen género gramatical? Por supuesto que no, ya que, como veníamos conversando más arriba, el idioma no solo se compone de gramática, sino que está atravesado por muchos otros niveles de significado que da forma a nuestro universo mental.

Es importante considerar que tampoco existe fórmula perfecta o respuesta mágica que vaya a solventar los problemas de desigualdad o invisibilización, no en el lenguaje y no en ningún otro ámbito. Lo más probable es que las soluciones vengan dadas por un conjunto de propuestas en diferentes espacios que vayan generando cambios, lentos pero seguros, en cuanto a la inclusión social desde sus distintas aristas.

Finalmente, gracias a las investigaciones y esfuerzos de muchos científicos y pensadores acerca del lenguaje y de cómo este nos determina en tan variadas formas, podemos ver y entender el lenguaje con mayor amplitud, ahora, en ese sentido, la científica  Lera Boroditsky se pregunta ¿Podríamos pensar y pensarnos de otra forma? Y ¿qué modos de pensamientos queremos crear? Y yo agregaría ¿y a quiénes queremos incluir y ver reflejados en ellos?

* Charla Ted, Lera Boroditsy: https://www.youtube.com/watch?v=RKK7wGAYP6k&ab_channel=TED

Victoria Alen

Tinta Violeta

Octubre 2020

Coloquio virtual: “Desafíos de los Feminismos ante una nueva Realidad”

Tinta Violeta realizará Coloquio virtual: “Desafíos de los Feminismos ante una nueva Realidad”

Durante los días 16 y 17 de octubre del año 2020, a partir de las 2pm, estaremos presentando nuestro II Coloquio, con el nombre “Desafíos de los feminismos ante una nueva realidad”, en el marco del Proyecto Amada IV y como parte de las actividades que hemos venido desarrollando en conjunto con el Fondo de Mujeres del Sur (FMS) y el aporte de Liderando desde el Sur.

Esta actividad, se realizará en vivo a través de nuestro canal Tinta Violeta en Youtube, estará conformada por tres paneles divididos en dos días, en los que feministas venezolanas e internacionales abrirán el debate y nos guiarán la reflexión sobre diferentes temas que tocan el acontecer actual en el marco de la pandemia, y cómo ha modificado la vida de las personas y en especial de las mujeres.

El viernes 16, iniciamos la jornada con dos paneles. El primero abordará el papel de las mujeres en el contexto del Covid-19 y el segundo nos ofrecerá un análisis en cuanto al teletrabajo y la economía feminista como alternativa ante esta nueva crisis económica mundial.

Panel uno: Papel de las mujeres en la pandemia

En este panel se reflexionará sobre la división sexual del trabajo en la pandemia, enmarcada en la crisis económica que se padece a nivel global. También, se discutirá acerca de la visibilización y la ratificación de la economía del cuidado desde casa, localidades y comunidades, reflexionando en torno a preguntas como: ¿dónde queda el cuidado de las mujeres?, ¿dónde queda el cuidado de las vidas de las cuidadoras?, ¿de qué manera viven esta situación las mujeres pobres?. Se propone un debate acerca de esta nueva normalidad que nos aísla, que nos desarticula, que disuelve lo colectivo para encerrarnos en nuestras casas por miedo ¿cómo nos organizamos si no nos permiten salir? Participarán las investigadoras: Alba Carosio (Venezuela), Claudia Korol (Argentina) y  Magdalena León (Ecuador).

Panel dos: Mujeres y teletrabajo en pandemia y post pandemia

Este panel será un espacio que invita a reflexionar acerca del cómo las mujeres se enfrentan a las nuevas modalidades de trabajo al mismo tiempo que mantienen la reproducción y cuidado de la vida. Además, abriremos una reflexión colectiva sobre la pregunta de quiénes son las mujeres que acceden a las nuevas formas de subsistencia que plantea esta nueva realidad.

En este sentido, se reflexionará sobre esa aseveración de que el teletrabajo facilita la vida porque no hay que trasladarse de un lugar a otro, pero ¿a quién beneficia eso? ¿a los trabajadores o al patrón? ¿con qué recursos trabaja el trabajador? ¿quién paga los recursos propios? ¿quién paga su salud?, ¿en qué momento el trabajador “desconecta” si está pegado frente a una pantalla a toda hora? ¿cómo queda distribuida la jornada laboral? ¿el acceso de las mujeres a las nuevas tecnologías, y a nuevas economías que se desarrollan en plataformas digitales, implica el empoderamiento de ellas? ¿es el teletrabajo otro mecanismo de control, más allá del cuerpo, por parte de las corporaciones tecnológicas? Todo esto guiará la conversación en este segundo panel que estará integrado por Diana Ovalles, (Ciberfeminista, ecofeminista – Venezuela) y Karina Chacón (Tinta Violeta -Venezuela).

El sábado 17 se estará presentando el tercer panel, bajo el nombre de Mujeres, feminismos y cuarta revolución industrial.

El punto focal de este debate se centra en las preguntas: ¿Hacia dónde se dirige el capitalismo en esta etapa de la globalización?, ¿cuáles son los sectores más afectados en esta situación?, ¿cómo viven esta situación las mujeres de la región latinoamericana?, ¿qué papel juegan los feminismos desde sus diversas experiencias?, ¿el modelo económico está en crisis o el modelo económico es la crisis?. En este sentido, ¿cuáles son los desafíos de los feminismos ante esta realidad mundial?

Los Estados y la necropolítica. Cuando los Estados no gestionan la vida sino que administran la muerte, omitiendo cifras, acallando las voces de los que sufren, ocultando las duras realidades de la pandemia, de la crisis sanitaria, de los feminicidios, desatendiendo derechos y servicios básicos para la vida. Contará con la participación de las panelistas Daniella Inojosa (Araña feminista/ Tinta Violeta – Venezuela), Alejandra Santillana (Ruda Feminista -Ecuador), Alejandra Laprea (La Araña Feminista y Marcha Mundial de Mujeres Venezuela) y Adriana Guzmán (Feminismo Comunitario Antipatriarcal de Bolivia).

Al cierre de nuestras transmisiones en vivo, disfrutaremos de intervenciones artísticas y culturales para amenizar este encuentro virtual de luchas feministas. 

Tinta Violeta 

Caracas 14.10.2020

 

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De la Gestalt para el acompañamiento amoroso

Para cuando Fritz Perls, Lore Posner, Goodman y Hefferline dieron origen a la psicoterapia Gestalt, no había nacido Judith Butler, la filosofa feminista estadounidense referencia en las teorías de género (especialmente la teoría queer) postestructuralistas, posmodernistas y antiesencialistas; y, aunque nada sugiere una influencia directa de los feminismos en las raíces doctrinales de la Gestalt, por más que el esposo de Simone ocupe un lugar relevante en las mismas, gusto de pensar que bien habría compaginado la aproximación al género de la filosofa, con quien Perls comparte orígenes, con la rama cercana pero alterna al psicoanálisis del enfoque gestáltico, para encaminarse a una psicoterapia libre de patriarcado. Ese no es el caso.

Ahora bien, me es sabido que no pocas personas se toparan con estas reflexiones sin conocer qué es la Gestalt; adelanto que la intención del escrito no es formular un tratado psicológico o psicoterapéutico, y bien vale la advertencia acerca del hecho que en la búsqueda autónoma del tema, no faltarán opiniones respecto a una supuesta falta de base teórica sólida que sostenga a la Gestalt, y sí habrá muchas críticas al «patuque» filosófico que le compone.

Así es la Gestalt, un enfoque vivo en construcción, que trasciende a sus fundadoras y fundadores, que permite tomar elementos caracterizadores para los principios de la organización de la vida y las relaciones, y que encuentro muy útiles para el acompañamiento amoroso a mujeres en situación de violencia.

A partir de este marco, y de cara a la responsabilidad asumida de ser parte de una colectiva feminista y de una Red que acompaña a mujeres, niñas, niños y adolescentes en situación de violencia machista en un contexto de desprotección e inseguridad, encuentro importante potenciar, en quienes asumimos este rol de dar respuesta y salvar vidas desde la diversidad de funciones que precisa la Red, las siguientes características, todas con origen en el enfoque psicoterapéutico de la Gestalt, las cuales se exponen como capacidades a crear y fortalecer, pero sobre todo, como páginas por seguir escribiendo colectivamente.

1. Sensibilidad

Respecto a la situación de violencia machista que viven mujeres, niñas, niños, adolescentes y la sociedad toda, especialmente aquella sensibilidad alcanzada haciendo trabajo social, organizativo, comunitario, activista y voluntario por los derechos humanos, el derecho de las mujeres a una vida libre de violencia y en materia de protección de niñas, niños y adolescentes.

2. Responsabilidad

De sí, como ser humano que está en el mundo relacionándose y afectando a otres. Con capacidad, ante las experiencias y sus consecuencias, de identificar aquello que depende exclusivamente de sí, lo que no y que involucra a otres para así decidir, asertiva, oportuna y armoniosamente qué hacer, en plena consciencia de los límites de su accionar, sin confluir o solaparse con la experiencia ajena, preservando sanamente la identidad y entidad propia. 

3. Consciencia

De sí, como totalidad y en relación con el mundo, con claridad plena de los procesos propios que le movilizan en el presente, aquí y ahora, para luego, conocer y reconocer la experiencia de otres, dejarse afectar, en el buen sentido del afecto (amor, cariño) de manera sana y en justa intensidad. Capaz de aprender de las experiencias de otres, identificar cómo le movilizan y disponer de las más idóneas herramientas, fortalezas, así como del soporte sororal de su red para volver al equilibrio y la armonía.

Dar cuenta de sus propios prejuicios y preconcepciones por experiencias previas, teorías, objetivos y valores personales o colectivos, para asumirlos y ponerlos en pausa durante el acompañamiento, con conocimiento y medida real de lo que podemos hacer y lo que el medio nos ofrece para avanzar.

4. Formación

Para adquirir conocimiento de las herramientas, protocolos y normativas necesarios para guiar los procesos de la gestión de casos en toda la ruta, tanto de denuncia como de salida del ciclo violento; así como los procedimientos psicológicos y legales, y remitir a las unidades, organizaciones y personas especialistas, según el caso. 

Comprender acerca del orden social, historia, características y relaciones de dominación que originan la violencia y que, como entorno, influencian pero no determinan la totalidad de la existencia; así como de las propuestas feministas que resisten, superan, transforman y construyen otros modos de ser, estar y existir en el mundo, sin pretensión de “convertir” o explotar a la persona a favor de una causa, sino para dar soporte cultural al mundo de relaciones humanas en el que nos desenvolvemos como acompañantes para apreciar cómo ve y vive ese, nuestro mundo, la persona a quien acompañamos. 

La sensibilización oportuna respecto de aquello que sostiene las relaciones violentas permite dar cuenta de los factores externos. Las organizaciones feministas tenemos motivos políticos a este respecto; el acompañamiento amoroso es una práctica coherente con estos, no un medio para alcanzarlos.

Es menester tener en cuenta que los procesos de transformación suelen requerir etapas de destrucción psíquica, no autodestructiva, del pasado no deseado y del contexto social que lo soporta, así como de la ansiedad que provoca moverse hacia el cambio, hacia lo nuevo, para renovarse.

5. Observación activa

Con todos los sentidos, en capacidad de identificar el carácter único y total de cada persona, así como las potencialidades de los aspectos sanos, aún en dinámicas discursivas y corporales que se muestran como contradictorias, para fortalecer dichos aspectos desde el principio de la no intervención.

Apreciar cómo las personas se comunican con las palabras y con otras manifestaciones intencionales no verbales, que den cuenta de diferencias claves y contradictorias entre lo que se dice y cómo lo dice, evidenciando aquello no reconocido por la otra persona y develarselo si es preciso y oportuno para dar totalidad al relato, entendiendo que nada es definitivo.

Repasar constantemente aquello que no estamos viendo y que damos por obvio y supuesto; en paz con aquello que no nos es evidente y no fuimos capaces de observar, sin culpa.

Con sentido de la oportunidad y pertinencia para preguntar, intervenir, contextualizar y validar con la persona lo escuchado, lo que precisa brindar silencios oportunos, transiciones sutiles; y aprovechar los elementos que sobrevengan en el relato para dar continuidad y avanzar.

CADA PERSONA ES ÚNICA, CADA MOMENTO IRREPETIBLE

6. Respeto

Por el espacio y tiempo psicológico de las otras personas. No Juzga. No presiona. No interpreta. No explica con porques la experiencia de la otra persona. No aconseja. 

Respeta los puntos de vista; informa, guía y acompaña, sin pretensión de querer cambiar a las otras personas y así lo comunica a quien acompaña, invitando a que narre sin temor de ser juzgada, sin obviar detalles por considerarlos desagradables o, en primera apariencia, irrelevantes.

No encasilla, ni invita a la inmovilización, tampoco induce una alteración o decisión que no se esté en capacidad de manejar. 

Los contactos de acompañamiento no son sesiones pscioterapeúticas. Se debe estar preparada para identificar cuando se requiere una atención especializada.

7. Interés genuino 

Con contacto activo, “no como algo que se nos da naturalmente ni como rutina”.

Abierta a la novedad, invitando a la descripción, dejando fuera los supuestos.

Sin pretensión de objetividad ni neutralidad, dejándose afectar por la experiencia, disciplinada y metódicamente, en equilibrio con lo espontáneo. Consciente que su realidad será afectada por la interacción con el mundo y la realidad de las otras personas.

Con actitud de permeabilidad que permita dar relevancia a todos los datos que se nos brindan, sin filtros por pre- juicio.

Da relevancia a los “QUÉ”, que describen la situación y a los “CÓMO” vivencia la persona la experiencia (en la voz, el cuerpo), tal y como se nos muestra, sin deformarla con interpretaciones sesgadas; para decidir “CUÁNDO” proponer, informar y guiar, contemplando y reconociendo en silencio las diferencias de nuestra forma de apreciar el mismo hecho, dando preponderancia a lo obvio y no al juicio o la sospecha.

Capaz de identificar los anhelos sanos, únicos de cada quien, “estar tranquila”, “no tener miedo”, “tener coraje”, para guiar desde ahí.

Lo presente por sobre lo que fue, será, podría o debiera ser.

Con entrega sincera y autenticidad, ser un modelo para quien se acompaña, desde la congruencia “hago lo que digo”.

AUTENTICIDAD SELECTIVA / ESPONTANEIDAD NO IMPULSIVA

8. Disciplina

Con las estrategias valores, principios, métodos y protocolos que rigen el acompañamiento.

Organizada para, desde la sensibilidad, empatía y amor que acompaña, dar pautas a lo largo del proceso; ser capaz de hilar el relato, los discursos, haciendo los registros oportunos.

9. Motivación 

Hacia sus objetivos individuales, colectivos y sociales.

Interdependiente. Autorealizada con soporte social.

10. Compromiso 

Con cada momento de contacto y durante el acompañamiento a lo largo de toda la ruta.

Dar cuenta del proceso de dependencia que puede generarse al acompañar y ser capaz de identificar y elegir alternativas en las que se facilite a las personas el proceder de manera interdependiente.

ASÍ ACOMPAÑAMOS AMOROSAMENTE.

 

Nathalia M González Ojeda

Tinta Violeta

Octubre 2020

Carta a las compañeras venezolanas

Carta a las compañeras venezolanas, bolivarianas, revolucionarias, de las Feministas del Abya Yala

Es vergüenza lo que sentimos, compañeras, hermanas, cuando sabemos que Argentina votó contra Venezuela en las Naciones Unidas, convalidando la injerencia norteamericana que promovió la resolución 43 del Grupo de Lima. En esa resolución, en la que Argentina se suma a la oposición violenta, fascista, que en Venezuela propugna la intervención extranjera, se prorroga por dos años el mandato de la “Misión Internacional Independiente de Determinación de los Hechos sobre la República Bolivariana de Venezuela”. Una misión –financiada por el grupo de Lima- que de Independiente no tiene nada, sino que es parte de la estrategia fascista gringa para derrotar todo atisbo de Independencia.

El gobierno argentino defraudó las esperanzas que algunos pueblos del continente depositaron en la posibilidad de que se reanimara una política exterior como la que alentaran los forjadores del ALBA, de UNASUR, de quienes soñaron una Patria Grande Latinoamericana. Votar con Bolsonaro, con Piñera, con Duque, es lo mismo que hubiera realizado un tal Macri como presidente. Lo hace Alberto Fernández –con su “política maternal”-, lo hace Cristina Fernández, dejando atrás el No al ALCA, el no a la intervención imperialista que los gobiernos del continente, con la presencia de Néstor Kirchner y de Hugo Chávez, realizaron hace 15 años en Mar del Plata. Lo hace este gobierno, que dijo distanciarse de las políticas conservadoras y fascistas de Macri, a través de su canciller Felipe Solá, uno de los responsables de la Masacre de Avellaneda. Nos preguntamos: ¿Con qué autoridad puede hablar Solá de derechos humanos?

La decisión del gobierno argentino de votar contra Venezuela junto con gobiernos golpistas que violan permanentemente los derechos humanos en sus países como Chile, Perú, Ecuador, Brasil, Colombia entre otros, desnuda la política de la Cancillería Argentina. Ha formado bloque con los gobiernos que guardan silencio sobre el bloqueo a Cuba por más de 50 años, que guardan silencio frente al golpe de estado en Bolivia.
Esta carta, hermanas bolivarianas, compañeras, compañeres que han puesto sus vidas en defensa de la revolución, del chavismo bravío, de la independencia de su pueblo, es para decirles que estamos dolidas, indignadas, y que las abrazamos. Que nuestra unidad no será rota por las políticas de un gobierno que cede y cede ante los aprietes imperiales, y que algunos de sus funcionarios son agentes de los gringos. Esta carta, hermanas bolivarianas, es para decir que caminamos a su lado. Que todas somos feministas en resistencia, bolivarianas, revolucionarias, y que estamos dispuestas a acompañarlas en la defensa de la revolución, y también en sus críticas a la misma, a las burocracias, a quienes desde adentro la boicotean y corrompen. La revolución bolivariana se defiende con más comuna, con más socialismo, con más feminismo, con más internacionalismo.
Comuna feminista, antipatriarcal, o Nada. Viva la Revolución Bolivariana, chavista, socialista y feminista. Fuera Solá, y su traición política a la Patria Grande.

Argentina

Octubre 2020

En defensa de la sensibilidad

En estos días se ha vuelto muy común replicar los aportes de personas que se están repensando la manera de relacionarnos con frases como “ahora todo les ofende”, “estamos en la época de lo políticamente correcto” o, la más nueva “todo le molesta a la generación de cristal”. A primera vista podría parecer un reclamo justo para aquellos que sienten que “no pueden decir nada” sin que se les interpele, e incluso podríamos decir que hay excepciones en donde estos argumentos tienen cabida. Sin embargo, usualmente se utiliza cuando alguien hace un comentario homofóbico, racista, misógino, clasista o de otra índole y como, evidentemente no quiere aceptar su comportamiento inapropiado, apela entonces a este pseudo argumento. Lo cierto de todo esto es que pareciera que nos cuesta aceptar que venimos de una sociedad poco equitativa, que nos socializan para ser racistas (o endorracistas), misóginos, homofóbicos y clasistas, o, en la misma onda, poco empáticos o reflexivos con el mundo que nos rodea.

Hannah Gabsy, una comediante australiana, entra un poco en estas aguas de reflexión durante su segundo Stand Up Comedy llamado Douglas, en donde, sin muchos miramientos y con un humor muy fino, nos va relatando que somos una sociedad muy poco acostumbrada a criticar lo que hemos aceptado como natural, y más allá, muy renuentes a cambiarlo. Ella comenta en un momento de su show que a ella la atacan mucho por plantear situaciones de una manera que, según esos que la critican, no habían escuchado antes, y como ellos no lo habían escuchado antes, entonces es falso. Ante esto comenta “las personas que tienen poca tolerancia al cambio me producen un poco de tristeza, imagínate que esté en clases y le estén hablando del triángulo equilátero, y como esa persona nunca escuchó del triángulo equilátero antes entonces se moleste y no lo acepte”. Aunque la analogía de Gabsy es un claro reductio ad absurdum, no dista tanto de la realidad y sirve para ilustrar el punto.

Es importante admitir que venimos de una sociedad conservadora, en todo el sentido de la palabra, una sociedad muy poco abierta al cambio, a lo nuevo, a lo diverso, especialmente si esa diversidad se presenta en formas de avances sociales. “Somos una sociedad progresista” dicen algunos al hablar de la occidentalización de nuestra cultura, pero lo cierto es que cuando hablan de “progreso” se imaginan carros voladores y gadgets variopintos, pero no una sociedad en donde la nacionalidad no sea un impedimento para movilizarse de un lugar a otro o donde la diversidad de pensamiento y comportamiento sea natural. Claro, hemos de entender que no es nuestra culpa como individuos, crecimos dentro de un sistema cuyos aparatos ideológicos hacen su trabajo en nuestras mentes desde bien pequeños. No más nacer ya nos asignan color según nuestro sexo biológico, y si nacemos en un punto geográfico considerado por otros “tercer mundo” y bajo condiciones de desventaja económica, es ley que nos toque pasar mucho trabajo y discriminación en la vida.

Ahora, podríamos pensar que en la medida en la que crecemos y nos damos cuenta de que vivimos en un mundo ultimadamente cruel, busquemos herramientas, no solo para analizar ese mundo que nos tocó, sino también para tratar de modificarlo, de manera que sea un poco menos duro para las generaciones siguientes. Pero en el camino nos encontramos no solo con obstáculos externos, sino también con ese conservador interno, ese proto facho inoculado que cruza la calle al ver a un hombre negro, que se indigna cuando ve a dos hombres besarse, y que hierve en ira cuando observa a mujeres luchar por sus derechos en las calles. Ese pequeño conservador es el que espeta por redes, en colérica respuesta que “no se puede decir nada, que esta generación de cristal se indigna por todo”. También espeta que la vida antes era mejor y que el veganismo es una ridiculez de moda, junto con, claro, el feminismo, y el “marxismo cultural”.

Todos estos ataques tienen un solo fin, procurar detener el cambio ante una sociedad que está comenzando a dar cuenta de la finitud del planeta, de la violencia social y de la inequidad económica. Dentro de todo esto subyace, en primera instancia, un profundo resentimiento hacia lo que nos hace humanos, hacia la sensibilidad. Llamar “generación de cristal” alude, mediante una metáfora, a una persona que es frágil, sensible, características históricamente asociadas con lo femenino y por ende, negativas. Y lo curioso, aparte de la relación velada e inconsciente con lo femenino es que, en líneas generales, para nuestra sociedad, lo sensible es signo de debilidad, ergo, algo que debe ser erradicado por molesto e inservible. Ahora bien ¿se imaginan un mundo sin sensibilidad? Incluso ¿sin fragilidad? Sería un mundo sin artes, sin empatía, sin solidaridad, sin aquello que nos convierte últimamente en humanos. ¿Existen obras que no requieran de una canalización de aquello que perturba el alma, por ser terriblemente sensible a la dureza de la sociedad? Y no importa cómo esa sensibilidad se plasmé en lo material, con la ironía de un Aquiles Nazoa o la crudeza de un Lemebel, incluso, con el enigma de una Remedios, es, sin duda, la sensibilidad, lo que permite al artista convertir una obra en lo que es, traspasar las barreras del tiempo y hacerse inmortal, materializando un sentir colectivo en pintura, música, texto, danza o teatro.

Entonces ¿qué pasa con esta aversión a lo sensible, a lo frágil, a lo humano? ¿O es que vamos a negar que somos increíblemente frágiles como seres vivos? Nuestra piel se rompe fácilmente, nuestra mente puede ser manipulada con las tretas más sencillas, nuestro cuerpo no resiste una semana sin agua y morimos en un santiamén. ¿Será que, al final, nuestra aversión a la sensibilidad no es más que nuestra negación a la muerte? En cualquier caso, aquello que negamos con furiosa terquedad se nos repite y se nos vuelve destino hasta que lo hacemos consciente, parafraseando al señor Carl Jung, por lo que sería interesante proponernos un trabajo de reflexión sobre aquello que nos genera repudio automático y pensarnos que quizás esa rabia, esa aversión, ese rechazo, no sea más que aquel conservador encopetado, intentando detenernos en nuestra evolución como especie, ya que, al final, aparte de la muerte, lo único que tenemos claro, es que todo cambia y debe cambiar.

Victoria Alen

Tinta Violeta

Octubre 2020

Voz inesperada

Tenía dos años sin asistir a consulta y sentía una angustia profunda. En mi mente revoloteaban pensamientos dolorosos con los que intentaba comprender los procesos de mudanza, una relación amorosa quebrada, el desasosiego laboral y la incertidumbre de los días. Ni siquiera comencé con buena cara este nuevo semestre. Y, ahora, pa’ más ñapa: una lesión en mis nalgas que debía resolver.

Ese viernes reuní el dinero. La consulta costaba diez dólares. Al cambio del día, ese monto se tradujo en setecientos mil bolívares, es decir, un poco más de la mitad de mi salario. Sin embargo, con el apoyo y sororidad de una amiga querida, garanticé la plata.

Desperté al amanecer, preparé desayuno y almuerzo. No fui al trabajo. “Mi salud está primero”, dije convencida y partí al centro médico.

Tocó esperar. Así ocurre cada vez que una va a una institución de la salud pública o privada, como en este caso, “más o menos” barata. Esperé, sí. Esperé parada y con poca agua para calmar la ansiedad al mismo tiempo que veía el paso rápido de las batas blancas acercándose a las pacientes. Sí, “las” pacientes, en plural femenino, porque la mayoría de las personas asistentes a estos lugares son mujeres jóvenes o adultas, quienes hacen control (¿control?) de su salud. Mamás-jóvenes-mamás-adultas-abuelas-tías-todas. ¿Seré la excepción? Confieso que voy al médico sólo si me siento mal o si sospecho de algún síntoma. No soy de las que se hacen chequeos constantes en el ginecólogo. Tal vez soy así porque no recibí una educación sexual a tiempo. Y quizá también este descuido se deba a una discriminación un poco invisible pero cierta: atender la salud de nuestros cuerpos es una realidad concreta que implica mucho dinero en Venezuela.

“Andrea Rodríguez, pase a consulta con la doctora Angélica Marcano”, escuché. “Coño, ¡al fin!”, musité luego de dos horas en la sala de espera. Entré al consultorio, saludé a la doctora, quien despectiva respondió: “¿a dónde vas? Ahí no es, ven para acá, debo tomarte los datos primero”. “Me tocó una amargada”, me dije. “¿Tienes pareja?”, preguntó. Pensé: sí, bueno, básicamente ya no. “Sí, tengo novio”, le contesté. “¿Método anticonceptivo?”. ¡Ufff! Desde hace tiempo que no usamos condón ni nada más. “Sólo condón”, respondí y enseguida la doc me echó una mirada de arriba hacia abajo e indicó que, ahora sí, me colocara la bata y luego recostara mi cuerpo en la camilla.

Me acosté bocarriba, flexioné las rodillas y abrí mis piernas. Siempre he pensado que la citología es una situación invasiva vivida a temprana edad por todas las mujeres. O por las que accedemos a este tipo de examen médico.

Mi entrepierna, humedísima, parecía baba de caracol ardiente y de inmediato comenté apenada por qué había ido: “Señora, realmente quiero saber qué es eso que tengo. Creo que es un herpes pero no estoy segura”. Otra vez su mirada displicente. “Tu flujo parece normal. Pero sí parece un herpes, ¿acaso no sabes que es una enfermedad de transmisión sexual?”, preguntó mientras introducía el aparato de metal en mi vagina. Ahí, desnuda, encima de la cama fría, sentí su increpación.

Afirmé. No hubo confianza para relatar mi vida sexual con ella. Su voz-piedra retumbó en mi cabeza como las palabras de mi ex compañero cuando me llamó «puta» por acostarme con dos chicos. Era la voz que nos culpabiliza y juzga dentro de un sistema que vulnera, descuida y ultraja nuestros cuerpos feminizados. Voz soberbia, indiferente y violenta.  

Ella, sin compartir más palabras conmigo, hizo entrega de un récipe que señalaba tomar “Aciclovir” para tratar la irritación. (Aunque todavía no tenía certeza de qué carajo tenía en mi culo). Según ese mismo papel, debía realizarme un eco transvaginal. Pero yo sabía que no volvería a ese centro médico. Porque la violencia me descoloca y desmoviliza a través del miedo que produce en mí. Entonces prefiero omitir algunos lugares, situaciones o personas. No volvería. No regresé, como muchas otras mujeres que no encuentran un lugar justo en centros de salud o en órganos de Justicia al momento de denunciar. No vuelven a espacios donde esperan (esperamos), al menos, ser tratadas dignamente. 

Laura Cano

Tinta Violeta