Recomendaciones Violeta – I May Destroy You Copia

Aprovechando el revuelo de los premios Globos de Oro dejamos esta recomendación, a propósito de que esta serie, por alguna razón que todavía no comprendemos, no recibió ninguna nominación. Por supuesto que hablamos de I May Destroy You, una serie escrita, co-dirigida y protagonizada por la mutifacética Michaela Coel y que nos cuenta la historia de una mujer que es drogada y violada en un club durante una noche de fiesta con varios amigos,  y todo el camino que recorre la protagonista para lidiar con esa situación.

Uno de los elementos más interesantes de esta historia viene dada porque I May Destroy You está basada en una traumática experiencia personal de su creadora, lo que le imprime muchísima veracidad, no solo a las actuaciones sino también a los diferentes conflictos que vive la protagonista a lo largo de la historia. La narrativa es sólida, así como sus personajes, y su desarrollo logra que nosotros como espectadores nos replanteemos nuestras experiencias sexuales y nos hagamos distintas interrogantes.

La serie tiene una duración de 12 capítulos y aparentemente  autoconclusiva ya que no se platea una segunda temporada. El valor de este material viene dado por diferentes elementos, tanto a nivel técnico como la dirección de arte, los diálogos y la construcción de los personajes, como en cuanto a contenido, con una historia sólida, de temática compleja, pero que nunca aburre y que jamás sientes como una lección de sexualidad, a pesar de que durante toda la cinta te plantea preguntas y discusiones. El resultado es un seriado con un discurso orgánico que visibiliza el proceso de trauma de una violación desde el punto de vista de su víctima, sin minimizarla, enaltecerla o romantizarla.

En principio no vemos el crimen en sí mismo y tampoco la cara del violador, pero lo que sí vemos a detalle son los efectos que tuvo ese evento traumático en la vida de Arabella, su protagonista, una joven escritora, sumamente talentosa cuya vida da un giro inesperado y desagradable.

Con un tono profundo que no llega a aburrir, la historia se pasea por distintas formas de discriminación y nos permite ver la realidad de los abusos sexuales con una veracidad pocas veces representada en pantalla “Antes de ser violada nunca le presté atención al asunto de ser una mujer. Estaba demasiado ocupada siendo negra y pobre. Una pequeña violación parece poca cosa cuando otras chicas mueren lapidadas por tener un celular o sangran hasta morir con los genitales mutilados”, dice Arabella en un capítulo, planteándonos la interseccionalidad como otra temática para el debate.

Por todo lo anteriormente dicho, I May Destroy You fue alabada y vitoreada tanto por la crítica especializada como por el público general, por lo que resultó una sorpresa desagradable que no haya sido nominada a los Globos de Oro recientes ¿cuáles fueron las razones? Siguen siendo un misterio, pero misoginia y racismo son palabras que suenan con fuerza en estas acusaciones.

Te recomendamos mucho I May Destroy You, es una serie que cumple con todos los elementos básicos del entretenimiento, es graciosa, tiene personajes agradables, diálogos inteligentes, pero aparte nos deja con muchas reflexiones que pasarán semanas dándonos vueltas en la cabeza.

“Akelarre”: una historia de sororidad y sexo

“Akelarre”, una película estrenada en Netflix que ha ganado popular recientemente. Su nombre de origen vasco hace referencia a la reunión de brujas que realizan rituales y hechizos en adoración al Diablo. Esta cinta cuenta la historia de las jóvenes Ana, María, Olaia, Katalin, Maiden y Oneka, quienes se dedican a labores comunitarias mientras los hombres trabajan mar adentro y están afuera del pueblo.

A las hermanas Ana y María, junto a sus amigas, les gusta elevar y dedicar cantos a sus maridos, novios y hombres de sus vidas. En los ratos libres, les encanta bailar en medio del bosque, reírse, echar los cuentos. Pero estas actividades son estigmatizadas y sentenciadas por el juez Rostegui, apoyado por el párroco de la comunidad. A ellas se les acusa de cometer crímenes, se les acusa de ser brujas.

La película «Akelarre», dirigida por Pablo Agüero, ganó cinco premios Goya, entre los que destacan las categorías “Mejor dirección artística”, “Mejores efectos especiales” y “Mejor música original”, entre otros. La fotografía y dirección son excepcionales, se caracteriza por tener una buena iluminación y contrastes en todas sus escenas.

Este filme fue grabado en los bosques, costas y poblados del País Vasco, Euskal Herria, lugar en que tiempo atrás se caracterizó por padecer la cacería, feminicidios y juicios hacia mujeres, señaladas de “brujas”, por parte de la iglesia y la monarquía española durante el siglo XVII.

El diálogo y guión de “Akelarre” se presenta, al mismo tiempo, en vasco y en castellano; exponiendo así la resistencia de lenguas originarias, como ocurrió con el euskera, que ha sido históricamente prohibido por los reinados y dictaduras de España.

            Asimismo, es una película que pretende visibilizar temas relacionados a cómo la sororidad da un viraje al destino de las protagonistas. Sin embargo, también expone algunas escenas sexuales, clichés y redundantes, que sólo buscan complacer la mirada masculina del espectador desde la postura comercial que asumen los creadores como parte de su narrativa.

Es decir, más que hacer crítica al símbolo y estereotipo de la bruja, que se refiere a la “puta”, “pecadora” y “mala madre-hija” en nuestra historia occidental, con “Akelarre” se sigue ratificando la idea de que las mujeres usan (usamos) el sexo como herramienta de manipulación para pervertir a los hombres. Todo esto con el fin de conseguir la “liberación” femenina en un contexto fuertemente genocida donde las instituciones, moralmente correctas, nos juzgan, queman, asesinan o ejecutan. Así fue el desenlace simplista de la historia. Tal vez, por tal motivo no la vería dos veces esta película.

Pero, en síntesis, Akelarre, con “k”, es una producción audiovisual que intenta expresarnos la sororidad entre mujeres víctimas de las violencias directas del pacto patriarcal y el machismo. Inclusive, es un relato que, no explícitamente, te habla un poco sobre racismo, xenofobia y persecución hacia las comunidades y grupos sociales que alguna vez –aún- se rebelan en contra del sistema hegemónico.

     Aun cuando la película presenta algunas debilidades narrativas, hay elementos que sirven entorno a la necesidad de visibilizar al patriarcado y sus expresiones sistemáticas contra las mujeres. Es por esto que te recomiendo ver “Akelarre”, y más te recomiendo luchar como las nietas de las brujas que nunca pudieron quemar.

Laura Cano

Recomendaciones Violeta – I May Destroy You

Aprovechando el revuelo de los premios Globos de Oro para dejar una recomendación, a propósito de que esta serie, por alguna razón que todavía no comprendemos, no recibió ninguna nominación. Por supuesto que hablamos de I May Destroy You, una serie escrita, co-dirigida y protagonizada por la mutifacética Michaela Coel y que nos cuenta la historia de una mujer que es drogada y violada en un club durante una noche de fiesta con varios amigos,  y todo el camino que recorre la protagonista para lidiar con esa situación.

Uno de los elementos más interesantes de esta historia viene dada porque I May Destroy You está basada en una traumática experiencia personal de su creadora, lo que le imprime muchísima veracidad, no solo a las actuaciones sino también a los diferentes conflictos que vive la protagonista a lo largo de la historia. La narrativa es sólida, así como sus personajes, y su desarrollo logra que nosotros como espectadores nos replanteemos nuestras experiencias sexuales y nos planteemos distintas interrogantes e incluso debates.

La serie tiene una duración de 12 capítulos y aparentemente es una serie autoconclusiva que no se platea una segunda temporada. El valor de esta serie viene dada por diferentes elementos, tanto a nivel técnico como la dirección de arte, los diálogos y la construcción de los personajes, como en cuanto a contenido, con una historia sólida, de temática compleja, pero que nunca aburre y que jamás sientes como una lección de sexualidad, a pesar de que durante toda la cinta te plantea preguntas y discusiones. El resultado es una serie con un discurso orgánico que visibiliza el proceso de trauma de una violación desde el punto de vista de su víctima, sin minimizarla, enaltecerla o romantizarla.

En principio no vemos el crimen en sí mismo y tampoco la cara del violador, pero lo que sí vemos a detalle son los efectos que tuvo ese evento traumático en la vida de Arabella, su protagonista, una joven escritora, sumamente talentosa cuya vida da un giro inesperado y desagradable.

Con un tono profundo que no llega a aburrir, la historia se pasea por distintas formas de discriminación y nos permite ver la realidad de los abusos sexuales con una veracidad pocas veces representada en pantalla “Antes de ser violada nunca le presté atención al asunto de ser una mujer. Estaba demasiado ocupada siendo negra y pobre. Una pequeña violación parece poca cosa cuando otras chicas mueren lapidadas por tener un celular o sangran hasta morir con los genitales mutilados”, dice Arabella en un capítulo, planteándonos la interseccionalidad como otra temática para el debate.

Por todo lo anteriormente dicho, I May Destroy You fue alabada y vitoreada tanto por la crítica especializada como por el público general, por lo que resultó una sorpresa desagradable, que no haya sido nominada a los Globos de Oro recientes ¿cuáles fueron las razones? Siguen siendo un misterio, pero misoginia y racismo son palabras que suenan con fuerza en estas acusaciones.

Te recomendamos mucho I May Destroy You, es una serie que cumple con todos los elementos básicos del entretenimiento, es graciosa, tiene personajes agradables, diálogos inteligentes, pero aparte nos deja con muchas reflexiones que pasarán semanas dándonos vueltas en la cabeza.

Victoria Alen

La gramática del género

El lenguaje inclusivo es uno de esos temas que genera exasperaciones instantáneas e indignaciones furibundas, especialmente porque se considera a nuestra lengua “hermosa” tal cual es, por lo que no necesita de estos elementos extras para funcionar. Y, en teoría, no se necesitan porque “nuestra lengua no excluye”, y el genérico es solo eso, un genérico, aunque esté en masculino ¿y por qué el genérico está en masculino? Pues porque sí. Ahora, más allá de adentrarnos en las raíces variopintas del idioma español (o castellano) y sus múltiples cambios a lo largo de los años (porque la lengua está cambiando constantemente, solo que a diferentes niveles y en distintos ritmos), podemos sentarnos más bien a pensarnos qué pasa que nos genera tantas emociones fuertes y un rechazo instantáneo. Vamos a pensarlo por un momento, solo como ejercicio, a ver qué pasa.

Uno de los primeros argumentos que se suele exponer es que es innecesario porque ya existen palabras que lo designan todo y que no podemos cambiar a voluntad las palabras porque así no funciona la cosa. Y en principio eso es correcto. Podemos inventar palabras, todas las que queramos, y de hecho lo hacemos. A nivel léxico solemos introducir con frecuencia palabras nuevas, bien sea para determinar acciones, situaciones, objetos o incluso personas. Así el suanfonson se coló en nuestra cotidianidad, y solo el tiempo dirá si se mantendrá o si saldrá tan suansonfon como llegó.

Pero lo que resulta más difícil de hacer es modificar la estructura del lenguaje a otros niveles, como por ejemplo, el gramatical, en donde entran los componentes de género y número. Y ciertamente lo es, sin embargo, como nuestra lengua castellana está llena de reglas, también lo está de excepciones, como el caso de la palabra “sirvienta”, que por regla general debería ser “sirviente” tanto para hombres como para mujeres (por ser un sufijo derivativo que significa “la persona que sirve”) pero que, en este caso particular, no aplica, y sin embargo, lo decimos tranquilamente sin que nos produzca ningún escalofrío lingüístico.

De este modo vemos que muchas de las cosas que entendemos como constantes no lo son tanto (o no con tanta intensidad) y que como nuestra lengua es un cuerpo vivo su tendencia es al cambio, siendo coherente con el comportamiento de toda lengua, que al momento en que deje de cambiar, posiblemente será el momento en que deje de existir, ya que la lengua se modifica en función de la cantidad de hablantes que la usen, adapten y personalicen, y que al no hacerlo más, probablemente signifique que dejará de ser útil a sus usuarios.

Por otra parte, también resulta conveniente hacer una salvedad, el lenguaje no solo se compone del habla, nuestro idioma (y casi todos) tienen diferentes niveles de funcionamiento, así lo léxico, lo ortográfico, lo sintáctico, lo gramatical, lo semántico y lo pragmático se fusionan en una mezcla de sonidos, tonos y signos que dan sentido a esto que conocemos como lenguaje, y que se modifican a distintos ritmos, siendo unos altamente cambiables (como el léxico o semántico) y otros muy poco cambiantes como el gramatical y ortográfico.

Ahora bien, volviendo al lenguaje inclusivo. Entiendo que sea un tema escabroso para diferentes personas, en principio yo también tenía mis reservas, especialmente con los primeros intentos con el arroba y la equis por su obvia problemática fonética (o sea, que son impronunciables) y con el desdoblamiento de género en casos como “niñas y niños”, por atentar directamente contra la economía del lenguaje, siendo de todos la “e” la opción más cómoda por ser pronunciable y perfectamente legible.

También entiendo cuando algunas personas argumentan que no les resulta cómodo el uso de la “e” o que “yo sí me siento incluida en la palabra todos” y claro, así nos lo han enseñado, el lenguaje es una de las primeras cosas que aprendemos, y cuando lo hacemos, no tenemos capacidad para negarnos ni interpelar reflexivamente el sesgo gramatical en el español, si nos dicen que todos nos incluye a nosotras, entonces todos nos incluye a nosotras, y listo ¿no? Bueno, no necesariamente.

El tema es el siguiente, la lengua guía y moldea nuestro pensamiento, es decir, modifica nuestro razonamiento y lo determina, un hecho comprobable mediante diferentes estudios realizados comparativamente entre varias lenguas y cómo su uso particular del lenguaje les otorga habilidades o particularidades en comparación con otras, por lo que, contrario a lo que pensemos, nuestra lengua nos determina de muchísimas maneras, algunas incluso, insospechadas.

Pongamos un ejemplo: En una comunidad aborigen australiana, los hablantes no utilizan palabras como derecha o izquierda para referirse a la dirección, sino que hablan en términos de puntos cardinales, así, cuando un miembro de esta comunidad quiere decir tu brazo izquierdo, dirá tu brazo este o tu brazo oeste. Suena curioso ¿cierto? Sin embargo, lo más curioso es la capacidad que tiene esta comunidad para ubicarse geográficamente, ya que por su cualidad de nombrar puntos cardinales para describir posiciones, se mantienen perfectamente ubicados espacialmente todo el tiempo, un habilidad impresionante, dada meramente por una característica lingüística.

Dejaré otro ejemplo: En un estudio reciente, la científica de cognición del lenguaje, Lera Boroditsky*, quiso indagar en la pregunta de si el género gramatical influía en la percepción que tenemos de los objetos cotidianos. Para ello seleccionó 24 palabras que en español y en alemán tenían distinto género. Estas 24 palabras en cada idioma eran la mitad femeninos y la mitad masculinos. Escogió hablantes de español y de alemán y les mostró las palabras escritas en inglés (que es un idioma que no tiene género en sus sustantivos) y les pidió a cada hablante que describiera con 3 palabras los objetos mostrados. Los resultados fueron reveladores. En alemán, la palabra llave es masculina, y la descripción que los alemanes hicieron de la palabra fueron “duras”, “pesadas”, “metalizadas”, “útiles”. Mientras que los hablantes de español las describieron como “pequeñas, “doradas”, “adorables” y “diminutas”.

Otra palabra mostrada fue puente. Para los alemanes, cuya palabra puente está en femenino, las descripciones eran con adjetivos como “hermoso”, “elegante”, “frágil”, “bonito”, “tranquilo”, mientras que los hablantes de español describieron los puentes como “grandes”, “fuertes, “peligrosos”, “imponentes”, entre otros.

Estos ejemplos sirven para ilustrar que el lenguaje, más allá de ayudarnos a comunicarnos y entendernos entre nosotros, sirve para trasmitir ideas complejas y modos de pensamiento que traspasan la barrera de lo utilitario, y que contiene elementos claves que determinan incluso nuestra manera de entendernos colectivamente.

Ahora ¿significa esto que entonces no existe machismo en los países angloparlantes solo porque no poseen género gramatical? Por supuesto que no, ya que, como veníamos conversando más arriba, el idioma no solo se compone de gramática, sino que está atravesado por muchos otros niveles de significado que da forma a nuestro universo mental.

Es importante considerar que tampoco existe fórmula perfecta o respuesta mágica que vaya a solventar los problemas de desigualdad o invisibilización, no en el lenguaje y no en ningún otro ámbito. Lo más probable es que las soluciones vengan dadas por un conjunto de propuestas en diferentes espacios que vayan generando cambios, lentos pero seguros, en cuanto a la inclusión social desde sus distintas aristas.

Finalmente, gracias a las investigaciones y esfuerzos de muchos científicos y pensadores acerca del lenguaje y de cómo este nos determina en tan variadas formas, podemos ver y entender el lenguaje con mayor amplitud, ahora, en ese sentido, la científica  Lera Boroditsky se pregunta ¿Podríamos pensar y pensarnos de otra forma? Y ¿qué modos de pensamientos queremos crear? Y yo agregaría ¿y a quiénes queremos incluir y ver reflejados en ellos?

* Charla Ted, Lera Boroditsy: https://www.youtube.com/watch?v=RKK7wGAYP6k&ab_channel=TED

Victoria Alen

Tinta Violeta

Octubre 2020

De la Gestalt para el acompañamiento amoroso

Para cuando Fritz Perls, Lore Posner, Goodman y Hefferline dieron origen a la psicoterapia Gestalt, no había nacido Judith Butler, la filosofa feminista estadounidense referencia en las teorías de género (especialmente la teoría queer) postestructuralistas, posmodernistas y antiesencialistas; y, aunque nada sugiere una influencia directa de los feminismos en las raíces doctrinales de la Gestalt, por más que el esposo de Simone ocupe un lugar relevante en las mismas, gusto de pensar que bien habría compaginado la aproximación al género de la filosofa, con quien Perls comparte orígenes, con la rama cercana pero alterna al psicoanálisis del enfoque gestáltico, para encaminarse a una psicoterapia libre de patriarcado. Ese no es el caso.

Ahora bien, me es sabido que no pocas personas se toparan con estas reflexiones sin conocer qué es la Gestalt; adelanto que la intención del escrito no es formular un tratado psicológico o psicoterapéutico, y bien vale la advertencia acerca del hecho que en la búsqueda autónoma del tema, no faltarán opiniones respecto a una supuesta falta de base teórica sólida que sostenga a la Gestalt, y sí habrá muchas críticas al «patuque» filosófico que le compone.

Así es la Gestalt, un enfoque vivo en construcción, que trasciende a sus fundadoras y fundadores, que permite tomar elementos caracterizadores para los principios de la organización de la vida y las relaciones, y que encuentro muy útiles para el acompañamiento amoroso a mujeres en situación de violencia.

A partir de este marco, y de cara a la responsabilidad asumida de ser parte de una colectiva feminista y de una Red que acompaña a mujeres, niñas, niños y adolescentes en situación de violencia machista en un contexto de desprotección e inseguridad, encuentro importante potenciar, en quienes asumimos este rol de dar respuesta y salvar vidas desde la diversidad de funciones que precisa la Red, las siguientes características, todas con origen en el enfoque psicoterapéutico de la Gestalt, las cuales se exponen como capacidades a crear y fortalecer, pero sobre todo, como páginas por seguir escribiendo colectivamente.

1. Sensibilidad

Respecto a la situación de violencia machista que viven mujeres, niñas, niños, adolescentes y la sociedad toda, especialmente aquella sensibilidad alcanzada haciendo trabajo social, organizativo, comunitario, activista y voluntario por los derechos humanos, el derecho de las mujeres a una vida libre de violencia y en materia de protección de niñas, niños y adolescentes.

2. Responsabilidad

De sí, como ser humano que está en el mundo relacionándose y afectando a otres. Con capacidad, ante las experiencias y sus consecuencias, de identificar aquello que depende exclusivamente de sí, lo que no y que involucra a otres para así decidir, asertiva, oportuna y armoniosamente qué hacer, en plena consciencia de los límites de su accionar, sin confluir o solaparse con la experiencia ajena, preservando sanamente la identidad y entidad propia. 

3. Consciencia

De sí, como totalidad y en relación con el mundo, con claridad plena de los procesos propios que le movilizan en el presente, aquí y ahora, para luego, conocer y reconocer la experiencia de otres, dejarse afectar, en el buen sentido del afecto (amor, cariño) de manera sana y en justa intensidad. Capaz de aprender de las experiencias de otres, identificar cómo le movilizan y disponer de las más idóneas herramientas, fortalezas, así como del soporte sororal de su red para volver al equilibrio y la armonía.

Dar cuenta de sus propios prejuicios y preconcepciones por experiencias previas, teorías, objetivos y valores personales o colectivos, para asumirlos y ponerlos en pausa durante el acompañamiento, con conocimiento y medida real de lo que podemos hacer y lo que el medio nos ofrece para avanzar.

4. Formación

Para adquirir conocimiento de las herramientas, protocolos y normativas necesarios para guiar los procesos de la gestión de casos en toda la ruta, tanto de denuncia como de salida del ciclo violento; así como los procedimientos psicológicos y legales, y remitir a las unidades, organizaciones y personas especialistas, según el caso. 

Comprender acerca del orden social, historia, características y relaciones de dominación que originan la violencia y que, como entorno, influencian pero no determinan la totalidad de la existencia; así como de las propuestas feministas que resisten, superan, transforman y construyen otros modos de ser, estar y existir en el mundo, sin pretensión de “convertir” o explotar a la persona a favor de una causa, sino para dar soporte cultural al mundo de relaciones humanas en el que nos desenvolvemos como acompañantes para apreciar cómo ve y vive ese, nuestro mundo, la persona a quien acompañamos. 

La sensibilización oportuna respecto de aquello que sostiene las relaciones violentas permite dar cuenta de los factores externos. Las organizaciones feministas tenemos motivos políticos a este respecto; el acompañamiento amoroso es una práctica coherente con estos, no un medio para alcanzarlos.

Es menester tener en cuenta que los procesos de transformación suelen requerir etapas de destrucción psíquica, no autodestructiva, del pasado no deseado y del contexto social que lo soporta, así como de la ansiedad que provoca moverse hacia el cambio, hacia lo nuevo, para renovarse.

5. Observación activa

Con todos los sentidos, en capacidad de identificar el carácter único y total de cada persona, así como las potencialidades de los aspectos sanos, aún en dinámicas discursivas y corporales que se muestran como contradictorias, para fortalecer dichos aspectos desde el principio de la no intervención.

Apreciar cómo las personas se comunican con las palabras y con otras manifestaciones intencionales no verbales, que den cuenta de diferencias claves y contradictorias entre lo que se dice y cómo lo dice, evidenciando aquello no reconocido por la otra persona y develarselo si es preciso y oportuno para dar totalidad al relato, entendiendo que nada es definitivo.

Repasar constantemente aquello que no estamos viendo y que damos por obvio y supuesto; en paz con aquello que no nos es evidente y no fuimos capaces de observar, sin culpa.

Con sentido de la oportunidad y pertinencia para preguntar, intervenir, contextualizar y validar con la persona lo escuchado, lo que precisa brindar silencios oportunos, transiciones sutiles; y aprovechar los elementos que sobrevengan en el relato para dar continuidad y avanzar.

CADA PERSONA ES ÚNICA, CADA MOMENTO IRREPETIBLE

6. Respeto

Por el espacio y tiempo psicológico de las otras personas. No Juzga. No presiona. No interpreta. No explica con porques la experiencia de la otra persona. No aconseja. 

Respeta los puntos de vista; informa, guía y acompaña, sin pretensión de querer cambiar a las otras personas y así lo comunica a quien acompaña, invitando a que narre sin temor de ser juzgada, sin obviar detalles por considerarlos desagradables o, en primera apariencia, irrelevantes.

No encasilla, ni invita a la inmovilización, tampoco induce una alteración o decisión que no se esté en capacidad de manejar. 

Los contactos de acompañamiento no son sesiones pscioterapeúticas. Se debe estar preparada para identificar cuando se requiere una atención especializada.

7. Interés genuino 

Con contacto activo, “no como algo que se nos da naturalmente ni como rutina”.

Abierta a la novedad, invitando a la descripción, dejando fuera los supuestos.

Sin pretensión de objetividad ni neutralidad, dejándose afectar por la experiencia, disciplinada y metódicamente, en equilibrio con lo espontáneo. Consciente que su realidad será afectada por la interacción con el mundo y la realidad de las otras personas.

Con actitud de permeabilidad que permita dar relevancia a todos los datos que se nos brindan, sin filtros por pre- juicio.

Da relevancia a los “QUÉ”, que describen la situación y a los “CÓMO” vivencia la persona la experiencia (en la voz, el cuerpo), tal y como se nos muestra, sin deformarla con interpretaciones sesgadas; para decidir “CUÁNDO” proponer, informar y guiar, contemplando y reconociendo en silencio las diferencias de nuestra forma de apreciar el mismo hecho, dando preponderancia a lo obvio y no al juicio o la sospecha.

Capaz de identificar los anhelos sanos, únicos de cada quien, “estar tranquila”, “no tener miedo”, “tener coraje”, para guiar desde ahí.

Lo presente por sobre lo que fue, será, podría o debiera ser.

Con entrega sincera y autenticidad, ser un modelo para quien se acompaña, desde la congruencia “hago lo que digo”.

AUTENTICIDAD SELECTIVA / ESPONTANEIDAD NO IMPULSIVA

8. Disciplina

Con las estrategias valores, principios, métodos y protocolos que rigen el acompañamiento.

Organizada para, desde la sensibilidad, empatía y amor que acompaña, dar pautas a lo largo del proceso; ser capaz de hilar el relato, los discursos, haciendo los registros oportunos.

9. Motivación 

Hacia sus objetivos individuales, colectivos y sociales.

Interdependiente. Autorealizada con soporte social.

10. Compromiso 

Con cada momento de contacto y durante el acompañamiento a lo largo de toda la ruta.

Dar cuenta del proceso de dependencia que puede generarse al acompañar y ser capaz de identificar y elegir alternativas en las que se facilite a las personas el proceder de manera interdependiente.

ASÍ ACOMPAÑAMOS AMOROSAMENTE.

 

Nathalia M González Ojeda

Tinta Violeta

Octubre 2020

En defensa de la sensibilidad

En estos días se ha vuelto muy común replicar los aportes de personas que se están repensando la manera de relacionarnos con frases como “ahora todo les ofende”, “estamos en la época de lo políticamente correcto” o, la más nueva “todo le molesta a la generación de cristal”. A primera vista podría parecer un reclamo justo para aquellos que sienten que “no pueden decir nada” sin que se les interpele, e incluso podríamos decir que hay excepciones en donde estos argumentos tienen cabida. Sin embargo, usualmente se utiliza cuando alguien hace un comentario homofóbico, racista, misógino, clasista o de otra índole y como, evidentemente no quiere aceptar su comportamiento inapropiado, apela entonces a este pseudo argumento. Lo cierto de todo esto es que pareciera que nos cuesta aceptar que venimos de una sociedad poco equitativa, que nos socializan para ser racistas (o endorracistas), misóginos, homofóbicos y clasistas, o, en la misma onda, poco empáticos o reflexivos con el mundo que nos rodea.

Hannah Gabsy, una comediante australiana, entra un poco en estas aguas de reflexión durante su segundo Stand Up Comedy llamado Douglas, en donde, sin muchos miramientos y con un humor muy fino, nos va relatando que somos una sociedad muy poco acostumbrada a criticar lo que hemos aceptado como natural, y más allá, muy renuentes a cambiarlo. Ella comenta en un momento de su show que a ella la atacan mucho por plantear situaciones de una manera que, según esos que la critican, no habían escuchado antes, y como ellos no lo habían escuchado antes, entonces es falso. Ante esto comenta “las personas que tienen poca tolerancia al cambio me producen un poco de tristeza, imagínate que esté en clases y le estén hablando del triángulo equilátero, y como esa persona nunca escuchó del triángulo equilátero antes entonces se moleste y no lo acepte”. Aunque la analogía de Gabsy es un claro reductio ad absurdum, no dista tanto de la realidad y sirve para ilustrar el punto.

Es importante admitir que venimos de una sociedad conservadora, en todo el sentido de la palabra, una sociedad muy poco abierta al cambio, a lo nuevo, a lo diverso, especialmente si esa diversidad se presenta en formas de avances sociales. “Somos una sociedad progresista” dicen algunos al hablar de la occidentalización de nuestra cultura, pero lo cierto es que cuando hablan de “progreso” se imaginan carros voladores y gadgets variopintos, pero no una sociedad en donde la nacionalidad no sea un impedimento para movilizarse de un lugar a otro o donde la diversidad de pensamiento y comportamiento sea natural. Claro, hemos de entender que no es nuestra culpa como individuos, crecimos dentro de un sistema cuyos aparatos ideológicos hacen su trabajo en nuestras mentes desde bien pequeños. No más nacer ya nos asignan color según nuestro sexo biológico, y si nacemos en un punto geográfico considerado por otros “tercer mundo” y bajo condiciones de desventaja económica, es ley que nos toque pasar mucho trabajo y discriminación en la vida.

Ahora, podríamos pensar que en la medida en la que crecemos y nos damos cuenta de que vivimos en un mundo ultimadamente cruel, busquemos herramientas, no solo para analizar ese mundo que nos tocó, sino también para tratar de modificarlo, de manera que sea un poco menos duro para las generaciones siguientes. Pero en el camino nos encontramos no solo con obstáculos externos, sino también con ese conservador interno, ese proto facho inoculado que cruza la calle al ver a un hombre negro, que se indigna cuando ve a dos hombres besarse, y que hierve en ira cuando observa a mujeres luchar por sus derechos en las calles. Ese pequeño conservador es el que espeta por redes, en colérica respuesta que “no se puede decir nada, que esta generación de cristal se indigna por todo”. También espeta que la vida antes era mejor y que el veganismo es una ridiculez de moda, junto con, claro, el feminismo, y el “marxismo cultural”.

Todos estos ataques tienen un solo fin, procurar detener el cambio ante una sociedad que está comenzando a dar cuenta de la finitud del planeta, de la violencia social y de la inequidad económica. Dentro de todo esto subyace, en primera instancia, un profundo resentimiento hacia lo que nos hace humanos, hacia la sensibilidad. Llamar “generación de cristal” alude, mediante una metáfora, a una persona que es frágil, sensible, características históricamente asociadas con lo femenino y por ende, negativas. Y lo curioso, aparte de la relación velada e inconsciente con lo femenino es que, en líneas generales, para nuestra sociedad, lo sensible es signo de debilidad, ergo, algo que debe ser erradicado por molesto e inservible. Ahora bien ¿se imaginan un mundo sin sensibilidad? Incluso ¿sin fragilidad? Sería un mundo sin artes, sin empatía, sin solidaridad, sin aquello que nos convierte últimamente en humanos. ¿Existen obras que no requieran de una canalización de aquello que perturba el alma, por ser terriblemente sensible a la dureza de la sociedad? Y no importa cómo esa sensibilidad se plasmé en lo material, con la ironía de un Aquiles Nazoa o la crudeza de un Lemebel, incluso, con el enigma de una Remedios, es, sin duda, la sensibilidad, lo que permite al artista convertir una obra en lo que es, traspasar las barreras del tiempo y hacerse inmortal, materializando un sentir colectivo en pintura, música, texto, danza o teatro.

Entonces ¿qué pasa con esta aversión a lo sensible, a lo frágil, a lo humano? ¿O es que vamos a negar que somos increíblemente frágiles como seres vivos? Nuestra piel se rompe fácilmente, nuestra mente puede ser manipulada con las tretas más sencillas, nuestro cuerpo no resiste una semana sin agua y morimos en un santiamén. ¿Será que, al final, nuestra aversión a la sensibilidad no es más que nuestra negación a la muerte? En cualquier caso, aquello que negamos con furiosa terquedad se nos repite y se nos vuelve destino hasta que lo hacemos consciente, parafraseando al señor Carl Jung, por lo que sería interesante proponernos un trabajo de reflexión sobre aquello que nos genera repudio automático y pensarnos que quizás esa rabia, esa aversión, ese rechazo, no sea más que aquel conservador encopetado, intentando detenernos en nuestra evolución como especie, ya que, al final, aparte de la muerte, lo único que tenemos claro, es que todo cambia y debe cambiar.

Victoria Alen

Tinta Violeta

Octubre 2020

Voz inesperada

Tenía dos años sin asistir a consulta y sentía una angustia profunda. En mi mente revoloteaban pensamientos dolorosos con los que intentaba comprender los procesos de mudanza, una relación amorosa quebrada, el desasosiego laboral y la incertidumbre de los días. Ni siquiera comencé con buena cara este nuevo semestre. Y, ahora, pa’ más ñapa: una lesión en mis nalgas que debía resolver.

Ese viernes reuní el dinero. La consulta costaba diez dólares. Al cambio del día, ese monto se tradujo en setecientos mil bolívares, es decir, un poco más de la mitad de mi salario. Sin embargo, con el apoyo y sororidad de una amiga querida, garanticé la plata.

Desperté al amanecer, preparé desayuno y almuerzo. No fui al trabajo. “Mi salud está primero”, dije convencida y partí al centro médico.

Tocó esperar. Así ocurre cada vez que una va a una institución de la salud pública o privada, como en este caso, “más o menos” barata. Esperé, sí. Esperé parada y con poca agua para calmar la ansiedad al mismo tiempo que veía el paso rápido de las batas blancas acercándose a las pacientes. Sí, “las” pacientes, en plural femenino, porque la mayoría de las personas asistentes a estos lugares son mujeres jóvenes o adultas, quienes hacen control (¿control?) de su salud. Mamás-jóvenes-mamás-adultas-abuelas-tías-todas. ¿Seré la excepción? Confieso que voy al médico sólo si me siento mal o si sospecho de algún síntoma. No soy de las que se hacen chequeos constantes en el ginecólogo. Tal vez soy así porque no recibí una educación sexual a tiempo. Y quizá también este descuido se deba a una discriminación un poco invisible pero cierta: atender la salud de nuestros cuerpos es una realidad concreta que implica mucho dinero en Venezuela.

“Andrea Rodríguez, pase a consulta con la doctora Angélica Marcano”, escuché. “Coño, ¡al fin!”, musité luego de dos horas en la sala de espera. Entré al consultorio, saludé a la doctora, quien despectiva respondió: “¿a dónde vas? Ahí no es, ven para acá, debo tomarte los datos primero”. “Me tocó una amargada”, me dije. “¿Tienes pareja?”, preguntó. Pensé: sí, bueno, básicamente ya no. “Sí, tengo novio”, le contesté. “¿Método anticonceptivo?”. ¡Ufff! Desde hace tiempo que no usamos condón ni nada más. “Sólo condón”, respondí y enseguida la doc me echó una mirada de arriba hacia abajo e indicó que, ahora sí, me colocara la bata y luego recostara mi cuerpo en la camilla.

Me acosté bocarriba, flexioné las rodillas y abrí mis piernas. Siempre he pensado que la citología es una situación invasiva vivida a temprana edad por todas las mujeres. O por las que accedemos a este tipo de examen médico.

Mi entrepierna, humedísima, parecía baba de caracol ardiente y de inmediato comenté apenada por qué había ido: “Señora, realmente quiero saber qué es eso que tengo. Creo que es un herpes pero no estoy segura”. Otra vez su mirada displicente. “Tu flujo parece normal. Pero sí parece un herpes, ¿acaso no sabes que es una enfermedad de transmisión sexual?”, preguntó mientras introducía el aparato de metal en mi vagina. Ahí, desnuda, encima de la cama fría, sentí su increpación.

Afirmé. No hubo confianza para relatar mi vida sexual con ella. Su voz-piedra retumbó en mi cabeza como las palabras de mi ex compañero cuando me llamó «puta» por acostarme con dos chicos. Era la voz que nos culpabiliza y juzga dentro de un sistema que vulnera, descuida y ultraja nuestros cuerpos feminizados. Voz soberbia, indiferente y violenta.  

Ella, sin compartir más palabras conmigo, hizo entrega de un récipe que señalaba tomar “Aciclovir” para tratar la irritación. (Aunque todavía no tenía certeza de qué carajo tenía en mi culo). Según ese mismo papel, debía realizarme un eco transvaginal. Pero yo sabía que no volvería a ese centro médico. Porque la violencia me descoloca y desmoviliza a través del miedo que produce en mí. Entonces prefiero omitir algunos lugares, situaciones o personas. No volvería. No regresé, como muchas otras mujeres que no encuentran un lugar justo en centros de salud o en órganos de Justicia al momento de denunciar. No vuelven a espacios donde esperan (esperamos), al menos, ser tratadas dignamente. 

Laura Cano

Tinta Violeta

 

Poniéndole cuidado a los cuidados

Yo cuido

Tú te cuidas

Él se cuida

Nosotros nos cuidamos

Vosotros os cuidáis

Ellos se cuidan

Nadie me cuida

Son evidentes  los trabajos que sostienen la vida, pero ¿se reconocen? Nos han hecho creer que cuidar es un asunto de buenas intenciones, que procurar la vida de otras y otros es amor y que somos las mujeres las que estamos dotadas de una mega capacidad de amorosidad, en la que podemos sacrificarlo todo para ejercer el sagrado deber de amar. Despojando por un lado a los hombres de esa posibilidad y por otro a las mujeres  de su derecho a exigir que sea mirado el cuidado que ofrece a la sociedad como un trabajo.

El trabajo que sustenta la vida es desvalorado. Generar el bienestar físico y emocional de todos y todas las que con su trabajo permiten las múltiples dinámicas sobre la que se sostiene el sistema actual, es invisible. Todos los sistemas de medición están hechos para sostener la narrativa del sistema capitalista que va más o menos así: Si usted es empleada de forma remunerada y le produce algún bien o servicio al Estado y/o a privados (que estos reconozcan) y si adicionalmente lo que usted hace le permite a su patrono ser competitivo en los mercados, entonces usted será considerada socialmente productiva.  Palabras más o menos, si su trabajo no es monetizable, entonces usted no trabaja, usted no es productiva. A usted no la vemos “ganarse el pan con el sudor de su frente”.

Su cuerpo, testigo mudo de la vida que tiene y de las vidas que cuida, tiene varios ciclos productivos, que van desde que pare, hasta que se hace adulta mayor y le toque cuidar a los nietos, al esposo… y en el interín sus manos se van poniendo como uvitas deshidratadas. Usted no tiene sistema de remuneración por las más de 14 horas de trabajo diarias, ni pensión, ni jubilación, ni vacaciones, ni día de la trabajadora, ni estímulos, ni incentivos. Usted todo lo hace por amor. Cuidar la vida es su deber y punto. 

“Cuidar significa tener el cuerpo puesto”, dice esta afirmación de las mujeres mexicanas que desarrollan el cuidado de la vida como propuesta política y económica, frase que nos interpela de forma que nos preguntemos ¿y a nosotras quién nos cuida? ¿Quién da cuenta de la desigual distribución de las responsabilidades que conlleva el cuidado? Nuestro cuerpo, única geografía que recorrer para dar cuenta de la explotación a la que el sistema patriarcal nos somete, también ha sido dotado de herramientas discursivas para defender al propio sistema. La soberanía, como la procesión, va por dentro y el deber ser se impone en territorios intramuros, despojándonos de toda ganancia, de todo reconocimiento.

Por supuesto, sobre nosotras se levanta la retórica discursiva del deber y de la culpa: “parirás con dolor, cuidarás de tus hijos y de tu marido hasta el fin de los tiempos”. Mientras el  designio se repite In sæcula sæculorum, hasta convertirlo en un hecho cultural que es utilizado como estrategia mediática al mejor estilo de Joseph Goebbels, al mismo tiempo que la ley se hizo trampa, para que las mujeres aceptemos nuestro destino, sin rechazo, ni protesta.

Sin duda alguna el cuidado de la vida, ya sea pagado o no, ha sido invisibilizado de todo análisis económico, de las cuentas del Estado y, por consiguiente, de las políticas públicas. De vez en cuando se utiliza como slogan de campaña, pero cuando la efervescencia electoral pasa, sostener la vida vuelve  a ser algo natural.  Esto se debe en gran medida a que un porcentaje realmente alto de este trabajo es realizado por mujeres, pues se asume que es su responsabilidad, por lo cual no se ha puesto en valor apropiadamente.

Y una se pregunta: ¿Podría valorarse adecuadamente el resultado del trabajo de millones de mujeres en el mundo?, ¿podríamos saber anualmente cuánto aportamos al PIB de los países?, ¿cuántas horas mujer le dedicamos a cada jornada?, ¿cuántos millones de $ producimos o cuántos otros millones les ahorramos? Quién cuidará de nosotras, si nuestros cuerpos son materia prima y maquinaria al mismo tiempo.

Urge un mundo donde la justicia sea más que un concepto en los libros del derecho romano y que el cuidado de la vida deje de ser naturalmente una función  social asignada a las mujeres.

Nuestra conjugación de hoy debería ser: Yo te cuido, tú me cuidas, ella se cuida, nosotras y nosotros nos cuidamos.

Aracelis García

Tinta Violeta

Septiembre 2020

Mujer ¿se nace o se llega a serlo?

Ahora sí, vamos al lado oscuro que hoy ocupa a muchas feministas. Deseo aclarar que es poco lo que me importa ser incómoda. Esto va de unas reflexiones que me impone un debate público que aun no entiendo, así que escribo estas líneas para aclararme yo y de repente ayudar a otras, otros y otres en esta reflexión. Por eso, comencemos  haciendo un poquitín de  historia. 

Hoy el tema de la identidad está de moda en el mundo. Escuchando a Rosa María Rodríguez Magda logré un poco, sólo un poco, poner mis ideas en orden sobre cuál es la sujeta política del feminismo. Así que espero que me tengan paciencia, pues aún no es un tema que siento cerrado en mis pareceres. Por un lado, creo que tenemos que preguntarnos qué son los feminismos. Según Wikipedia,  que define al feminismo en singular, dicen que: “El  feminismo es un conjunto heterogéneo de movimientos políticos, culturales, económicos y sociales que tiene como objetivo la búsqueda de la igualdad de derechos entre hombres y mujeres,​ y eliminar la dominación y violencia de los varones sobre las mujeres, además de una teoría social y política”. Y la RAE nos dice: “Del fr. féminisme, y este del lat. femĭna ‘mujer’ y el fr. -isme ‘-ismo’. 1. m. Principio de igualdad de derechos de la mujer y el hombre. 2. m. Movimiento que lucha por la realización efectiva en todos los órdenes del feminismo”.  

Concuerdo pues, con la enciclopedia de estos días mucho más que con la RAE, pero bueno, sabemos cómo son los de la Real -tanto, tanto- que a las feministas no nos quieren ni un poquito, mucho menos querrán a los feminismos,  así que  ya no sé ni para qué los cito; como sea, vayamos analizando la cosa de a poco. Este par de conceptualizaciones nos dejan claro que la disputa del feminismo se planta en la búsqueda de igualar derechos entre mujeres y hombres, por lo que inferimos que existen desigualdades reconocidas por todas, todos y todes en este sentido. 

Es justo aquí que nos damos cuenta de que el debate está entonces, no en qué son los feminismos, sino en quiénes somos las mujeres, es decir, se centra realmente en torno a nuestra identidad. Mas sin embargo, si haces el ejercicio de salir a la calle, a cualquier esquina de cualquier pueblo o ciudad y le preguntas a una mujer, ¿Eres mujer? Seguro te va a mirar como una bicha, bicho o biche raro. Para nosotras, las campesinas, las obreras, las amas de casa, las madres, las lesbianas, las niñas o las jóvenes de a pie, está clarísimo que somos mujeres. ¿Entonces por qué debemos plantearnos la pregunta qué es ser mujer si las mujeres mismas, sea cual sea nuestra orientación sexual, lo tenemos claro? Imagino que esto tiene que ver más con la necesidad de resignificar el término, más desde los movimientos de personas trans femeninas que desde las mismas mujeres. Es así como entonces, las mujeres pasamos a ser “mujeres cis” o “cuerpos gestantes”. A mi que me perdonen, nada tengo en contra de las personas que deciden transitar de un género a otro u otros, de hecho no sólo lo entiendo sino que les acompaño en su lucha, la cual está demás decir, me parece justa y necesaria, pero yo  soy mujer. Simple, llano y sin ninguna otra cosa. Mujer.

Cierto es que el sistema que nos oprime es el mismo: El Patriarcado, pero eso no significa que nuestras agendas se crucen siempre o sean la misma. Las mujeres, desde el mismo día que nacemos, somos altamente vulnerables en un sistema que privilegia a los hombres. Y esto no ocurre, sino porque así es el orden social y cultural impuesto. Pero qué tiene que ver el género en esto, pues a mi modo de ver, desde hace más de 30 años, se viene resignificando el término, a voluntad de quienes lo acuñan, para una u otra cosa. 

Cabe entonces retroceder en la historia: Nos cuenta Rosa María Rodríguez Magda en su libro “La Mujer Molesta” que la identidad de las personas ha sido medida bajo parámetros distintos a lo largo de la historia. Antes muy antes, la identidad estaba determinada por el alma, es así como el alma  era la que te daba una identidad u otra. Recordemos pues, “Las polémicas de Valladolid” suceso histórico ocurrido en 1550, en el que Carlos V convocó a Bartolomé de las Casas, por un lado, y a Juan Ginés de Sepúlveda, por el otro, para debatir y decidir si las y los indígenas tenían alma. ¿Cuál era la diferencia? Pues que, si tenían alma, no podían ser esclavizados como lo eran las personas negras africanas, sino que entonces tenían derecho a ser evangelizados. La cosa era pues distinta; ahora bien, que esa evangelización fuera a espadazo limpio es ya harina de otro costal. Lo que sí es que esto nos recuerda que la identidad estaba marcada por el alma, el reconocimiento que diera la iglesia, la monarquía y cuanto hombre blanco estuviera cerca  o lejos, y por lo tanto por las creencias religiosas que tuvieras o que te fueran impuestas. 

Y llegó Freud al panorama del pensamiento, cambiando completamente la visión de la identidad y puso el centro de la misma en el sexo. Ya no era el alma sino el cuerpo el que determinará la  identidad de una persona. Muchas, muchos y muches me dirán que esto era así desde hace bastante tiempo, y concuerdo, pues sino las mujeres no hubiésemos sufrido desigualdades sin parangón antes de Freud; pero lo que sí es cierto también, es que es Freud quien definitivamente lleva la identidad  al plano del corporal, eso es innegable.

Por otro lado, las feministas teníamos ya años en eso de que el sexo y el género eran conceptos distintos. Recordemos pues, la famosa frase de Simone de Beauvoir: “No se nace mujer: se llega a serlo”. Beauvoir comienza así un camino que, considero a esta altura del partido, debemos revisar. 

Lo primero es ver qué es el sexo y qué es el género. Sexo no es sólo eso que las chamas, los chamos y les chames llaman “el delicioso”, sino que “es esas caracteristicas peculiares que definen dentro de una especia quienes son masculinos y quienes femeninos, haciendo posible la reproducción de dicha especie” 20 en biología, y el género eso si es más complicado, podemos decir que “se refiere a los conceptos sociales de las funciones, comportamientos, actividades y atributos que cada sociedad considera apropiados para los hombres y las mujeres”. Hasta ahora, clarito como el agua, uno es el que te da la biología misma y por lo tanto nacemos así,  y el otro es el que te impone la sociedad. 

Entonces, no siempre el sexo determina el género de una persona, aunque la mayoría de las veces sí lo haga; por lo tanto, una persona que nació siendo de sexo femenino puede que no sea de género mujer, sino hombre o no definido o como sea.

Pero cuando la ilustre francesa de los amores de muchas plasmó esa frase en su famoso libro, no creo que se refiriera a las personas que no se sienten cómodas manteniendo el género que les impone la sociedad por el sexo con el que nacieron, se refería más a que las mujeres tenemos las actitudes y comportamientos que nos asigna la sociedad, respondiendo a un orden social que se nos enseña desde el momento mismo que nacemos,   porque hemos nacido con vagina. 

La identidad, concentrémonos. La identidad en algún punto de la historia reciente pasó entonces de la que nos asigna el sexo (Freud) a cómo reconocemos nuestro género, es decir que ya nadie decide qué somos, sino que nuestra identidad empezamos a autoreconocerla. Ya no depende de cómo te vean las, los, les demás sino que está determinada en cómo cada una, uno y une se vea a sí misma, mismo, misme.

Todo eso pareciera estar muy bien o por lo menos hasta aquí yo estoy de acuerdo. Mas sin embargo, llegan entonces esas noticias locas que no ocurren en la esquina de mi casa y puedo asegurar que tampoco de la tuya. “movimiento de pedófilos que desean ser admitidos como una nueva orientación sexual”, o esa otra en la que un hombre de 52 años fue adoptado por una familia porque se autoreconoce como una niña de 6 años. Entonces, una llega a preguntarse pero hasta dónde puede llegar el autoreconocimento, podemos entonces considerarnos perros y por lo tanto ser tratados como perros, ¿podemos autreconocernos como cualquier cosa, animal, género y pare usted de contar?. Pues si, sólo debemos poner algunos límites. ¿Cuál sería para mi un límite infranqueable?  Que el reconocimiento que hace cada quien de sí misma, mismo o misme no le de derecho a hacerle daño a nadie y mucho menos a las niñas, niños y niñes.

Pero, en honor a la verdad, no tengo problema con la forma como se autoreconozca cada quien. Yo soy mujer, nací mujer y estoy cómoda siendo mujer, me encanta ser mujer. Ya dicho todo esto y en el entendido que a mi, por lo menos, no me molesta el autoreconocimiento como la forma de determinar la  identidad, sigamos. Por eso creo que el tema del género también debemos superarlo e ir pasando al postgénero.

Pero hete aquí que, el autoreconocimiento como manera de determinar la identidad de las personas no acaba con el patriarcado, y a mi no me oprime la identidad de nadie, a mi, como a todas las mujeres nos oprime es el patriarcado. EL PATRIARCADO, ese que funciona en todas las sociedades del mundo, ese que mantiene la idea de familia biológica viva como la célula  de la sociedad, ese que aún esclaviza los úteros de las mujeres, que considera a mi cuerpo como una vasija y continúa objetivizando  el de todas mis hermanas. Ese que es tan arrecho que mata a miles de mujeres en el mundo cada mes, cada año, cada día en nombre de las buenas costumbres, de la religión tal o cual,  y que hace que ser mujer sea más peligroso que ser parte de la primera línea de un ejército en guerra.

Para derrotar al patriarcado, las feministas hemos luchado más de 150 años en masa, hemos logrado algunas cosas en cuanto a nuestros derechos, pero poco en la batalla por el cambio cultural y estructural que nos permitirá ser libres. Una de esas luchas, por lo menos de las hispanoparlantes es la del lenguaje. Hace ya unas décadas comenzamos a intentar que se popularizara por lo menos entre la gente,  el uso del plural femenino para nombrar a las mujeres cuando se hablara de mujeres y hombres y que no se nos incluyera en el plural masculino. Esto con el objetivo de ser nombradas y que por lo menos, se reconociera de esta forma nuestra existencia. Pues, lo que no se nombra no existe, y la palabra tiene un poder importante en cómo concebimos el mundo. 

Desde los 80 para acá, la teoría queer ha venido avanzando,  entonces elles tampoco se sentían incluídes ni en el plural femenino ni en el plural masculino, pasamos entonces por la @ y luego por la x, de manera de poder nombrar a todas, todos y todes. Ninguna de las dos formas tuvo éxito, primero porque se podían usar para la escritura pero no había manera de decirlas, claro eso tuvo que ver esencialmente con que fueron unas maneras de nombrarles que nacieron de la necesidad de las imprentas de ahorrar teletipos o de las, los y les escritores por eso que llaman la economía del lenguaje. Lo cierto, para no hacer este cuento más largo, es que  a alguien se le ocurrió el uso de la “e”, en vez de decir “nosotras” o “nosotros” o los dos si hablamos de personas como un todo en el que se incluye a quienes conformamos la sociedad, podemos decir: “nosotras, nosotros y nosotres”, con lo que si, no estaré de acuerdo, es que el plural pase a ser solamente con la “e”, pues ahí nada habremos hecho, ya no nos invisibilizarían a través del masculino plural sino del neutro plural, pero entiendo que esa no es la idea, por lo tanto quedo contenta y me parece que el uso de los tres deja bastante saldado el tema. Bueno, un poco, porque si lo que escribimos debe escribirse en tan sólo 280 caracteres, pues de seguro que importa. Detalles, simples detalles que irán resolviéndose en el camino.

Yo no sé quién fue primero, si la gallina o el huevo. Digo esto porque se ha levantado todo un revuelo entre feministas y la comunidad trans con el tema de ser mujer, y volvemos al principio, ¿qué es ser mujer? ¿Ser mujer es autoreconocerse mujer o es haber nacido mujer? Y voy a decirles la verdad, si pensaban que iban a encontrar la respuesta aquí, pues vayan sabiendo que no, porque no tengo ni la menor idea. Pero podemos pensarlo juntas, juntos y juntes.

Por un lado, entiendo perfectamente el argumento de algunas feministas que dicen que, cuando se nace mujer, se es discriminada desde ese momento, por lo tanto, ser mujer tiene una carga sexual, de género, pero también simbólica que nos pone en un lugar determinado de la sociedad y nos hace padecer desigualdades y discriminaciones diversas a lo largo de toda nuestra vida.

Ahora bien, cuando pienso en las mujeres trans, lo hago desde el corazón, lo hago desde la amistad y el cariño que me une a Rummie Quintero, una mujer trans feminista, que transita ese camino en un país en condiciones económicas tan adversas, en un pais latino, enfrentándose todos los días al machismo, a la discriminación más profunda,  y la veo, la siento, la abrazo en su brega diaria para que las personas trans se sientan bien, crezcan, no se encasillen, la siento en su profunda humanidad y entonces pienso en que ella es diferente a mi biologicamente y eso no nos hace ni contrarias, ni confrontadas, nos hace hermanas desde lugares diferentes. Yo soy mujer feminista y sueño con un mundo donde podamos existir desde otras lógicas que no son la competencia, ni el fraccionamiento, ni el poder. Entonces si, los feminismos tienen como sujeta política a las mujeres, y la lucha por el autoreconocimiento del género y sus derechos también tienen un lugar. Todas somos oprimidas por el Patriarcado, padre y no madre de la sociedad, castigador y castrador de libertades. No creo que, para crecer ellas, debamos decrecer nosotras, creo que simplemente, así como Rummie y yo podemos vernos, reconocernos, inclusive amarnos, acompañarnos y no invisibilizarnos, no tenemos porque darle el gusto al  Patriarcado poniéndonos sus oprimidas, oprimidos y oprimides, unas y unes contra otras y otres. Y saben que, yo no voy a hacerlo. 

El feminismo para mi y muchas de mis hermanas, esta arraigado en el amor, en la utopía por una sociedad de diferentes que no se igualan sino que se reconocen y se aman desde allí, entonces poco puede esta feminista mirar a otras, otros y otres, también en lucha por ser, sentir, pensar y actuar a su vera,  como enemigas, enemigos y enemigues, de este sueño posible que estamos construyendo de a poquito y de a mucho. Porque no hay una sola forma de creer, no hay una sola forma de ser, no hay una sola forma de reconocernos, hay muchas, miles, millones. Desde ese amor nos reconozco, todas, todos y todes.

Daniella Inojosa

Tinta Violeta

Octubre 2020

La normalización como herramienta de dominación

De niña descubrí muy temprano que «el niño Jesús», quién religiosamente (nunca mejor dicho) traía mis regalos la noche del 24 de diciembre era nada más y nada menos que les integrantes de mi familia. A mis 5 años el niño Jesús me dejó una carta diciéndome que había sido muy buena niña y que debía seguir portándome bien, sin embargo, la carta estaba escrita con la letra de mi tía, quién siempre ha tenido una escritura muy particular, tanto que incluso yo, a mis cinco añitos pude notarlo de inmediato. Recuerdo que cuando pregunté por qué el niño Jesús tenía una letra idéntica a la de mi tía, esta tartamudeó, y viendo a mi madre respondió con cero seguridad que: «como el niño Jesús estaba recién nacido no podía escribir, por eso le había dictado a mi tía lo que quería decirme». Rápidamente respondí que me parecía curioso que no supiera escribir pero que sí pudiese traer regalos (dado que era un bebé que acababa de nacer), a lo que mi familia decidió rendirse y contarme todo, no sin antes advertirme que no le comentara nada a mis compañeros de clases porque ellos «no estaban preparados» para conocer la verdad.

Me pareció una petición extraña en ese momento y me sigue pareciendo una petición extraña ahora, ya que ¿Cuál es la razón para ocultar una verdad que eventualmente se sabrá y que terminará inevitablemente rompiendo el corazón del infante? y más aún ¿Para qué crear el mito desde un inicio? ¿No sería mejor decir que diciembre es una época en donde se celebra la unión familiar o cualquier otra cosa que no involucre bebés cargando regalos y dictándoles cartas a adultos?

Nuestra lógica a veces no tiene mucho sentido, menos cuando se trata de ocultar cosas que inevitablemente terminaremos por saber de una forma u otra, y muchas veces no de las maneras más amables. Quizás una de las anécdotas literarias contemporáneas más claras en este aspecto sea la historia de Carrie y su paso al a madurez. Creo que todos recordamos haber visto con un poco de asombro la reacción de Carrie (novela de Stephen King de 1974 adaptada al cine en 1976 por el director Brian de Palma) ante su primera menstruación, en una mezcla de angustia y terror por aquel sangrado desconocido y repentino, que evidentemente generó un trauma que se sumó a su ya atribulada personalidad y que fácilmente pudo haberse evitado de haber tenido una conversación previa al respecto. Claro está, este filme contiene todo un trasfondo simbólico sobre la menstruación y su vínculo con la fuerza femenina, elementos que llamaban profundamente la atención de su creador Stephen King, y que posee un discurso por demás interesante acerca de ese ocultamiento y vergüenza con la que se ha asociado la menstruación en casi todas las épocas.

Sin embargo, estas líneas no van sobre las disertaciones simbólicas ciertamente fascinantes acerca de la menstruación y lo femenino, sino más bien por otro tema de igual carga polémica: la invisibilización de la educación sexual en edades tempranas como un tabú que arrastramos hasta nuestros días y que, como a Carrie, nos ha hecho mucho mal.

En el mismo orden de ideas del niño Jesús, la invisibilización de una realidad (terrible, sí) como la depredación sexual en nuestra sociedad nunca ha servido para prevenir o solventar el problema, proteger a nuestros hijes o pequeños familiares de un posible abuso pasa por distintos elementos, dentro de los que están acompañarlos y guiarlos en sus procesos de socialización temprana en la calle, parques y otros espacios públicos, pero también por darles las herramientas necesarias para que, en la medida en la que no podamos acompañarles (como por ejemplo en la escuela) elles sepan reaccionar de forma acertada ante una posible agresión. Es curioso (¿o no? ya hablaremos de eso más adelante) que nos parezca completamente natural enseñarles a nuestros hijes diferentes indicaciones que les permitirán ser ciudadanes funcionales en el espacio público (así como minimizar accidentes) pero que, cuando hablamos de darles educación sexual muchos de estos padres, madres y tutores se cierren a la posibilidad como si les estuviésemos proponiendo que sus hijes deberían consumir cocaína o inscribirse en una secta satánica. ¿Por qué la mención de una educación sexual temprana genera tanto rechazo si no es más que otra herramienta indispensable para la protección de nuestros hijes? Quizás la respuesta se encuentre en nuestras concepciones sobre el sexo y los prejuicios sobre la educación sexual, muy difundidas por grupos a los que no les conviene mucho que la educación sea realmente reflexiva.

La paradoja de la «libertad de expresión»

Antes de profundizar en este tema revisemos otra de las consecuencias de la falta de educación sexual: la confusión actual entre orientación sexual y depredación sexual. Aprovechando el discurso inclusivo promovido por movimientos sociales sexo-género-diversos y feministas, entre otros, se pretende hacer pasar la idea de que «Love is love», slogan creado por los movimientos GLBTIQ+, incluye dentro de su concepción de «amor» a la pedofilia, incluso creando un bulo por redes sociales que dice que la pedofilia forma parte de este movimiento cuando en la realidad no existe tal cosa como una «orientación sexual pedófila». Este discurso es profundamente peligroso, ya que, instrumentalizando esta frase de “love is love”, se quiere meter con calzador, mediante un ejercicio silógico simplista que “si amor es amor y los pedófilos ‘aman’ a les niñes, entonces está bien ser pedófilo, del mismo modo que está bien ser homosexual o bisexual”, y pues, es una afirmación errónea y además muy peligrosa, que coloca en un mismo espacio a una persona de sexualidad sana y diversa junto a un depredador con una sexualidad altamente problemática, como si fuesen equivalentes.

Para entender mejor la urgente necesidad de rechazo hacia esta treta engañosa disfrazada de “derecho” podemos acudir a Popper, quien en su “Paradoja de la tolerancia”, nos ilustra con claridad el punto:

La tolerancia ilimitada debe conducir a la desaparición de la tolerancia. Si extendemos la tolerancia ilimitada aun a aquellos que son intolerantes; si no nos hallamos preparados para defender una sociedad tolerante contra las tropelías de los intolerantes, el resultado será la destrucción de los tolerantes y, junto como ellos, de la tolerancia. Con este planteamiento no queremos significar, por ejemplo, que siempre debamos impedir la expresión de concepciones filosóficas intolerantes; mientras podamos contrarrestarlas mediante argumentos racionales y mantenerlas en jaque ante la opinión pública, su prohibición sería, por cierto, poco prudente. Pero debemos reclamar el derecho de prohibirlas, si es necesario por la fuerza, pues bien puede suceder que no estén destinadas a imponérsenos en el plano de los argumentos racionales, sino que, por el contrario, comiencen por acusar a todo razonamiento; así, pueden prohibir a sus adeptos, por ejemplo, que prestan oídos a los razonamientos racionales, acusándolos de engañosos, y que les enseñan a responder a los argumentos mediante el uso de los puños o las armas. Deberemos reclamar entonces, en nombre de la tolerancia, el derecho a no tolerar a los intolerantes.

Del mismo modo que Popper presenta su paradoja de la tolerancia, así debemos leer la libertad de expresión y acción, dentro de un marco de consideraciones y no como una abstracción absoluta. No podemos tolerar a los intolerantes y no podemos permitir que la falsa creencia de un «derecho» atropelle otro derecho. Esto es fundamental para comprender la confusión generalizada (y para nada inocente) del discurso sobre la pedofilia como una supuesta «orientación sexual», así que vamos a explicarlo de forma sencilla para no seguir cometiendo este error en nombre de «la libertad de amar».

Cuando los grupos activistas o militantes de la sexodiversidad defienden el «amor es amor» lo ponen dentro de un contexto muy específico, su contraste con el amor heteronormado, la visibilidad que este tiene, así como lo aceptado y perfectamente naturalizado que está en nuestra sociedad. Siendo esto así, la frase «amor es amor» llama más a comprender que amar a un hombre o una mujer es indiferente en cuanto al sentimiento en sí, y no puede ser valorado como mejor o peor, ni como malo o bueno. Ahora, otro elemento que tienen los grupos GLBTIQ+ en sus relaciones y es fundamental para diferenciarlos, es el consentimiento como primer valor. Dos personas, en pleno uso de sus facultades, que deciden estar juntas. Entonces, bajo esta premisa comprendemos mejor que un hombre tocando a una mujer dormida o inconsciente, así como a un niñe no es apropiado; en ambos casos por la misma razón, no puede haber consentimiento bien sea porque el otre no puede otorgarlo activamente, o porque no posee la madurez emocional y cognitiva para comprender lo que está sucediendo.

Ahora bien ¿Qué pasa cuando a un niño, niña o adolescente no se le explica que su cuerpo no debe ser tocado sin su consentimiento? Pues, que generamos una situación de vulnerabilidad en la que el niño o la niña, quien ha sido educado y educada en un contexto en donde se le pide que escuche, atienda y obedezca al adulto, no sabe cómo reaccionar o negarse ante una situación que, de algún modo siente que está mal, pero que al mismo tiempo no puede racionalizar porque no maneja las herramientas para hacerlo. Una situación frustrante por la que, además, muchos de nosotres debimos haber atravesado en algún punto, de forma dramática y ligeramente traumática, como Carrie en aquella icónica escena.

Muchos grupos feministas han hecho encuestas por redes sociales sobre el  tema del acoso callejero bajo el título de «mi primer acoso», y el resultado de estas encuestas dice que la edad promedio en la que las niñas recibieron su primer acoso (verbal, físico, psicológico, etc.), fue entre 9 y 12 años. La primera en idear este ejercicio fue una feminista brasileña de nombre Juliana de Faria, quien fundó una ONG llamada Think Olga para combatir el acoso sexual callejero. Cuando la invitaron a dar una Charla TED y Juliana relató que su primer acoso había ocurrido a la edad de 11años, obtuvo como repuesta que no podía decir eso, que era mentira, que nadie acosaría a una niña tan pequeña y que se estaba «victimizando» como acostumbraban a hacer las feministas. Más adelante, en el 2015 en la edición para Brasil de un programa internacional llamado Master Chef concursó una niña brasileña de 12 años, a quien acosaron por redes con comentarios como que «ya estaba grandecita» y que era «violable».

Esta manifestación de pedofilia tan evidente y masificada generó indignación en los grupos feministas brasileños y desde Think Olga se comenzó el hashtag “Mi Primer Asedio” para denunciar la pedofilia normalizada. Este hashtag llegó a más de 200 mil tuits y determinó por estadísticas que la edad promedio en el que las niñas en Brasil son acosadas es de 9,7 años de edad.

Tiempo después, una feminista colombiana llamada Catalina Ruíz-Navarro expuso en Twitter un mensaje con el hashtag “Mi Primer Acoso”, en México, y la abrumadora respuesta hizo que en menos de 2 horas se posicionara como Trending Topic, con mujeres compartiendo su experiencia, todas, relatando sus primeros acosos a partir de edades que iban desde los 7 hasta los 14 años de edad. Ahora, en el 2020, una vez «destapada» la olla del pedófilo multimillonario Epstein y su red de trata y prostitución de las élites, en la que participaron desde empresarios de renombre (como Bill Gates) hasta presidentes como Bill Clinton y miembros de la monarquía inglesa, ya no nos parece tan descabellado aceptar que vivimos en una sociedad en donde la pedofilia ronda en cada rincón, pero más allá de eso, se está comenzando a ver no como un asunto de «desviados» si no como un tema social muy ligado a una forma de relaciones de poder y de una forma de masculinidad evidentemente tóxica, peligrosamente naturalizada y ocultada por gruesas capas de velada normalidad.

Entonces, en una sociedad en donde sabemos que estos fenómenos sociales ocurren con muchísima más frecuencia de la que creemos y que no se limita a hombres raros que viven en cabañas apartadas de la sociedad, sino que son el profesor, el empresario, el presidente, el ingeniero, el abogado exitoso, el político que carga bebés y besa a ancianas, el vecino agradable y educado, el psicólogo certificado, el cura (tema para otro artículo) o tu tío, primo, padre o abuelo ¿a quién o quiénes realmente les conviene que no se le entreguen las herramientas psicológicas a les niñes para que aprendan no solo identificar sino también a responder de forma asertiva y rápida a este tipo de situaciones? ciertamente no a les niñes y adolescentes.

Victoria Alen

Tinta Violeta

Septiembre 2020