Mujer ¿se nace o se llega a serlo?

Ahora sí, vamos al lado oscuro que hoy ocupa a muchas feministas. Deseo aclarar que es poco lo que me importa ser incómoda. Esto va de unas reflexiones que me impone un debate público que aun no entiendo, así que escribo estas líneas para aclararme yo y de repente ayudar a otras, otros y otres en esta reflexión. Por eso, comencemos  haciendo un poquitín de  historia. 

Hoy el tema de la identidad está de moda en el mundo. Escuchando a Rosa María Rodríguez Magda logré un poco, sólo un poco, poner mis ideas en orden sobre cuál es la sujeta política del feminismo. Así que espero que me tengan paciencia, pues aún no es un tema que siento cerrado en mis pareceres. Por un lado, creo que tenemos que preguntarnos qué son los feminismos. Según Wikipedia,  que define al feminismo en singular, dicen que: “El  feminismo es un conjunto heterogéneo de movimientos políticos, culturales, económicos y sociales que tiene como objetivo la búsqueda de la igualdad de derechos entre hombres y mujeres,​ y eliminar la dominación y violencia de los varones sobre las mujeres, además de una teoría social y política”. Y la RAE nos dice: “Del fr. féminisme, y este del lat. femĭna ‘mujer’ y el fr. -isme ‘-ismo’. 1. m. Principio de igualdad de derechos de la mujer y el hombre. 2. m. Movimiento que lucha por la realización efectiva en todos los órdenes del feminismo”.  

Concuerdo pues, con la enciclopedia de estos días mucho más que con la RAE, pero bueno, sabemos cómo son los de la Real -tanto, tanto- que a las feministas no nos quieren ni un poquito, mucho menos querrán a los feminismos,  así que  ya no sé ni para qué los cito; como sea, vayamos analizando la cosa de a poco. Este par de conceptualizaciones nos dejan claro que la disputa del feminismo se planta en la búsqueda de igualar derechos entre mujeres y hombres, por lo que inferimos que existen desigualdades reconocidas por todas, todos y todes en este sentido. 

Es justo aquí que nos damos cuenta de que el debate está entonces, no en qué son los feminismos, sino en quiénes somos las mujeres, es decir, se centra realmente en torno a nuestra identidad. Mas sin embargo, si haces el ejercicio de salir a la calle, a cualquier esquina de cualquier pueblo o ciudad y le preguntas a una mujer, ¿Eres mujer? Seguro te va a mirar como una bicha, bicho o biche raro. Para nosotras, las campesinas, las obreras, las amas de casa, las madres, las lesbianas, las niñas o las jóvenes de a pie, está clarísimo que somos mujeres. ¿Entonces por qué debemos plantearnos la pregunta qué es ser mujer si las mujeres mismas, sea cual sea nuestra orientación sexual, lo tenemos claro? Imagino que esto tiene que ver más con la necesidad de resignificar el término, más desde los movimientos de personas trans femeninas que desde las mismas mujeres. Es así como entonces, las mujeres pasamos a ser “mujeres cis” o “cuerpos gestantes”. A mi que me perdonen, nada tengo en contra de las personas que deciden transitar de un género a otro u otros, de hecho no sólo lo entiendo sino que les acompaño en su lucha, la cual está demás decir, me parece justa y necesaria, pero yo  soy mujer. Simple, llano y sin ninguna otra cosa. Mujer.

Cierto es que el sistema que nos oprime es el mismo: El Patriarcado, pero eso no significa que nuestras agendas se crucen siempre o sean la misma. Las mujeres, desde el mismo día que nacemos, somos altamente vulnerables en un sistema que privilegia a los hombres. Y esto no ocurre, sino porque así es el orden social y cultural impuesto. Pero qué tiene que ver el género en esto, pues a mi modo de ver, desde hace más de 30 años, se viene resignificando el término, a voluntad de quienes lo acuñan, para una u otra cosa. 

Cabe entonces retroceder en la historia: Nos cuenta Rosa María Rodríguez Magda en su libro “La Mujer Molesta” que la identidad de las personas ha sido medida bajo parámetros distintos a lo largo de la historia. Antes muy antes, la identidad estaba determinada por el alma, es así como el alma  era la que te daba una identidad u otra. Recordemos pues, “Las polémicas de Valladolid” suceso histórico ocurrido en 1550, en el que Carlos V convocó a Bartolomé de las Casas, por un lado, y a Juan Ginés de Sepúlveda, por el otro, para debatir y decidir si las y los indígenas tenían alma. ¿Cuál era la diferencia? Pues que, si tenían alma, no podían ser esclavizados como lo eran las personas negras africanas, sino que entonces tenían derecho a ser evangelizados. La cosa era pues distinta; ahora bien, que esa evangelización fuera a espadazo limpio es ya harina de otro costal. Lo que sí es que esto nos recuerda que la identidad estaba marcada por el alma, el reconocimiento que diera la iglesia, la monarquía y cuanto hombre blanco estuviera cerca  o lejos, y por lo tanto por las creencias religiosas que tuvieras o que te fueran impuestas. 

Y llegó Freud al panorama del pensamiento, cambiando completamente la visión de la identidad y puso el centro de la misma en el sexo. Ya no era el alma sino el cuerpo el que determinará la  identidad de una persona. Muchas, muchos y muches me dirán que esto era así desde hace bastante tiempo, y concuerdo, pues sino las mujeres no hubiésemos sufrido desigualdades sin parangón antes de Freud; pero lo que sí es cierto también, es que es Freud quien definitivamente lleva la identidad  al plano del corporal, eso es innegable.

Por otro lado, las feministas teníamos ya años en eso de que el sexo y el género eran conceptos distintos. Recordemos pues, la famosa frase de Simone de Beauvoir: “No se nace mujer: se llega a serlo”. Beauvoir comienza así un camino que, considero a esta altura del partido, debemos revisar. 

Lo primero es ver qué es el sexo y qué es el género. Sexo no es sólo eso que las chamas, los chamos y les chames llaman “el delicioso”, sino que “es esas caracteristicas peculiares que definen dentro de una especia quienes son masculinos y quienes femeninos, haciendo posible la reproducción de dicha especie” 20 en biología, y el género eso si es más complicado, podemos decir que “se refiere a los conceptos sociales de las funciones, comportamientos, actividades y atributos que cada sociedad considera apropiados para los hombres y las mujeres”. Hasta ahora, clarito como el agua, uno es el que te da la biología misma y por lo tanto nacemos así,  y el otro es el que te impone la sociedad. 

Entonces, no siempre el sexo determina el género de una persona, aunque la mayoría de las veces sí lo haga; por lo tanto, una persona que nació siendo de sexo femenino puede que no sea de género mujer, sino hombre o no definido o como sea.

Pero cuando la ilustre francesa de los amores de muchas plasmó esa frase en su famoso libro, no creo que se refiriera a las personas que no se sienten cómodas manteniendo el género que les impone la sociedad por el sexo con el que nacieron, se refería más a que las mujeres tenemos las actitudes y comportamientos que nos asigna la sociedad, respondiendo a un orden social que se nos enseña desde el momento mismo que nacemos,   porque hemos nacido con vagina. 

La identidad, concentrémonos. La identidad en algún punto de la historia reciente pasó entonces de la que nos asigna el sexo (Freud) a cómo reconocemos nuestro género, es decir que ya nadie decide qué somos, sino que nuestra identidad empezamos a autoreconocerla. Ya no depende de cómo te vean las, los, les demás sino que está determinada en cómo cada una, uno y une se vea a sí misma, mismo, misme.

Todo eso pareciera estar muy bien o por lo menos hasta aquí yo estoy de acuerdo. Mas sin embargo, llegan entonces esas noticias locas que no ocurren en la esquina de mi casa y puedo asegurar que tampoco de la tuya. “movimiento de pedófilos que desean ser admitidos como una nueva orientación sexual”, o esa otra en la que un hombre de 52 años fue adoptado por una familia porque se autoreconoce como una niña de 6 años. Entonces, una llega a preguntarse pero hasta dónde puede llegar el autoreconocimento, podemos entonces considerarnos perros y por lo tanto ser tratados como perros, ¿podemos autreconocernos como cualquier cosa, animal, género y pare usted de contar?. Pues si, sólo debemos poner algunos límites. ¿Cuál sería para mi un límite infranqueable?  Que el reconocimiento que hace cada quien de sí misma, mismo o misme no le de derecho a hacerle daño a nadie y mucho menos a las niñas, niños y niñes.

Pero, en honor a la verdad, no tengo problema con la forma como se autoreconozca cada quien. Yo soy mujer, nací mujer y estoy cómoda siendo mujer, me encanta ser mujer. Ya dicho todo esto y en el entendido que a mi, por lo menos, no me molesta el autoreconocimiento como la forma de determinar la  identidad, sigamos. Por eso creo que el tema del género también debemos superarlo e ir pasando al postgénero.

Pero hete aquí que, el autoreconocimiento como manera de determinar la identidad de las personas no acaba con el patriarcado, y a mi no me oprime la identidad de nadie, a mi, como a todas las mujeres nos oprime es el patriarcado. EL PATRIARCADO, ese que funciona en todas las sociedades del mundo, ese que mantiene la idea de familia biológica viva como la célula  de la sociedad, ese que aún esclaviza los úteros de las mujeres, que considera a mi cuerpo como una vasija y continúa objetivizando  el de todas mis hermanas. Ese que es tan arrecho que mata a miles de mujeres en el mundo cada mes, cada año, cada día en nombre de las buenas costumbres, de la religión tal o cual,  y que hace que ser mujer sea más peligroso que ser parte de la primera línea de un ejército en guerra.

Para derrotar al patriarcado, las feministas hemos luchado más de 150 años en masa, hemos logrado algunas cosas en cuanto a nuestros derechos, pero poco en la batalla por el cambio cultural y estructural que nos permitirá ser libres. Una de esas luchas, por lo menos de las hispanoparlantes es la del lenguaje. Hace ya unas décadas comenzamos a intentar que se popularizara por lo menos entre la gente,  el uso del plural femenino para nombrar a las mujeres cuando se hablara de mujeres y hombres y que no se nos incluyera en el plural masculino. Esto con el objetivo de ser nombradas y que por lo menos, se reconociera de esta forma nuestra existencia. Pues, lo que no se nombra no existe, y la palabra tiene un poder importante en cómo concebimos el mundo. 

Desde los 80 para acá, la teoría queer ha venido avanzando,  entonces elles tampoco se sentían incluídes ni en el plural femenino ni en el plural masculino, pasamos entonces por la @ y luego por la x, de manera de poder nombrar a todas, todos y todes. Ninguna de las dos formas tuvo éxito, primero porque se podían usar para la escritura pero no había manera de decirlas, claro eso tuvo que ver esencialmente con que fueron unas maneras de nombrarles que nacieron de la necesidad de las imprentas de ahorrar teletipos o de las, los y les escritores por eso que llaman la economía del lenguaje. Lo cierto, para no hacer este cuento más largo, es que  a alguien se le ocurrió el uso de la “e”, en vez de decir “nosotras” o “nosotros” o los dos si hablamos de personas como un todo en el que se incluye a quienes conformamos la sociedad, podemos decir: “nosotras, nosotros y nosotres”, con lo que si, no estaré de acuerdo, es que el plural pase a ser solamente con la “e”, pues ahí nada habremos hecho, ya no nos invisibilizarían a través del masculino plural sino del neutro plural, pero entiendo que esa no es la idea, por lo tanto quedo contenta y me parece que el uso de los tres deja bastante saldado el tema. Bueno, un poco, porque si lo que escribimos debe escribirse en tan sólo 280 caracteres, pues de seguro que importa. Detalles, simples detalles que irán resolviéndose en el camino.

Yo no sé quién fue primero, si la gallina o el huevo. Digo esto porque se ha levantado todo un revuelo entre feministas y la comunidad trans con el tema de ser mujer, y volvemos al principio, ¿qué es ser mujer? ¿Ser mujer es autoreconocerse mujer o es haber nacido mujer? Y voy a decirles la verdad, si pensaban que iban a encontrar la respuesta aquí, pues vayan sabiendo que no, porque no tengo ni la menor idea. Pero podemos pensarlo juntas, juntos y juntes.

Por un lado, entiendo perfectamente el argumento de algunas feministas que dicen que, cuando se nace mujer, se es discriminada desde ese momento, por lo tanto, ser mujer tiene una carga sexual, de género, pero también simbólica que nos pone en un lugar determinado de la sociedad y nos hace padecer desigualdades y discriminaciones diversas a lo largo de toda nuestra vida.

Ahora bien, cuando pienso en las mujeres trans, lo hago desde el corazón, lo hago desde la amistad y el cariño que me une a Rummie Quintero, una mujer trans feminista, que transita ese camino en un país en condiciones económicas tan adversas, en un pais latino, enfrentándose todos los días al machismo, a la discriminación más profunda,  y la veo, la siento, la abrazo en su brega diaria para que las personas trans se sientan bien, crezcan, no se encasillen, la siento en su profunda humanidad y entonces pienso en que ella es diferente a mi biologicamente y eso no nos hace ni contrarias, ni confrontadas, nos hace hermanas desde lugares diferentes. Yo soy mujer feminista y sueño con un mundo donde podamos existir desde otras lógicas que no son la competencia, ni el fraccionamiento, ni el poder. Entonces si, los feminismos tienen como sujeta política a las mujeres, y la lucha por el autoreconocimiento del género y sus derechos también tienen un lugar. Todas somos oprimidas por el Patriarcado, padre y no madre de la sociedad, castigador y castrador de libertades. No creo que, para crecer ellas, debamos decrecer nosotras, creo que simplemente, así como Rummie y yo podemos vernos, reconocernos, inclusive amarnos, acompañarnos y no invisibilizarnos, no tenemos porque darle el gusto al  Patriarcado poniéndonos sus oprimidas, oprimidos y oprimides, unas y unes contra otras y otres. Y saben que, yo no voy a hacerlo. 

El feminismo para mi y muchas de mis hermanas, esta arraigado en el amor, en la utopía por una sociedad de diferentes que no se igualan sino que se reconocen y se aman desde allí, entonces poco puede esta feminista mirar a otras, otros y otres, también en lucha por ser, sentir, pensar y actuar a su vera,  como enemigas, enemigos y enemigues, de este sueño posible que estamos construyendo de a poquito y de a mucho. Porque no hay una sola forma de creer, no hay una sola forma de ser, no hay una sola forma de reconocernos, hay muchas, miles, millones. Desde ese amor nos reconozco, todas, todos y todes.

Daniella Inojosa

Tinta Violeta

Octubre 2020

Los feminismos que me definen

Hoy en día y al modo de ver de esta escritora, las feministas hemos trascendido las parcelas de las diferentes formas de entender el feminismo. Puede que respondamos a cierta tendencia de pensamiento. Las mías: la anarca, la de la diferencia, la postgénero, la popular, la interseccional. Todas ellas relacionadas entre sí. Algunas, algunos y algunes dirán, no sin razón, ¡pero qué pasticho es este! Este artículo va de comenzar a explicar mi lasaña mental.

Antes de los años 60, antes de que las mujeres levantáramos la bandera de “lo personal es político”, el feminismo que más se veía era sin duda, el feminismo de la igualdad, con las sufragistas por un lado y las trabajadoras y sus reivindicaciones por el otro, pero llegó el momento del cambio, del cambio de paradigmas, al que se acercaron antes de tiempo Emma Goldman, la Votarina, las mujeres libres en España y la revista “Voz de la mujer” con su hermoso slogan “Ni dios, ni patrón, ni marido”, todas ellas anarquistas.

Mas hete aquí, que las chicas que salieron a la calle contra la guerra de Vietnam, las que alzaron adoquines en el Mayo Francés, las mujeres de nuestroamérica que desde la clandestinidad se enfrentaban a dictaduras cruentas y asesinas, y un poco antes las que se pusieron de frente a los tanques soviéticos en Checoslovaquia. Todas ellas cayeron un día en cuenta de que ni eran ni querían ser iguales a los hombres, se reivindicaban mujeres y no hombres sin pene, como tristemente nos intentaran tildar desde la psicología. mujeres con pensamientos propios que no deseaban ser parte de la destrucción del mundo. Reconocieron sus úteros como hermosas vasijas de poder y las faldas cortas, largas, con volados o sin ellos como una forma de vestirse y diferenciarse, y se quitaron los corpiños, sostenes para nuestro país, liberando sus senos de las varillas de la opresión.

Además, hicimos de la academia uno de los cuartos que habitamos en nuestra lucha,  proliferaron sociólogas, filósofas, psicológas, antropólogas y hasta lingüistas que empezaron a pensar el feminismo teóricamente desde otro lugar. Y aunque las han tildado de burguesas y privilegiadas, mucho es el aporte que han dado desde la teoría feminista al feminismo de la calle, han puesto en sendos escritos lo que en la calle hemos ido luchando tanto en la cotidianidad como en la reivindicación concreta, ambos espacios de lucha de las mujeres contra el patriarcado que nos oprime. Estas mujeres parieron el feminismo radical: Ir a la raíz de la opresión que sufrimos.

Sería por los años 70 que desde América Latina surgen una serie de movimientos feministas barriales, con una fuerte conexión con la organización comunitaria que delinean lo que hoy llamamos “Feminismo Popular”, su principal expresión en Venezuela fueron los “Círculos Femeninos Populares” con la lideresa Juanita Delgado a la cabeza. En EE.UU., Francia, España e Italia se reúnen a pensarse el feminismo mujeres como Annie Leclerc y Luce Irigaray en Francia; Carla Lonzi en Italia; y Victoria Sendón de León en España, del que nace este  lema “ser mujer es hermoso”.Del Feminismo Popular escribiría una de sus principales propulsoras en nuestramerica: Claudia Korol de Pañuelos en Rebeldía de Argentina.

A pesar de la ofensiva conservadora que conmueve este tiempo, arrasando conquistas de los pueblos, contagiando cólera y rabia en los corazones, hay un aquelarre subterráneo, un movimiento de conciencia histórica que crece, se «encuerpa» desde la memoria, y cambia –nos cambia– la vida cotidiana. Me refiero a la irrupción en la política de colectivas de acción, pensamiento, sentimientos, sueños, que asumimos el feminismo como una propuesta que desafía a las múltiples opresiones producidas por el capitalismo colonial y patriarcal. Feminismos indígenas, campesinos, barriales, de trabajadoras de doble y triple jornada. Feminismos de sujetas no sujetadas, que respondemos colectivamente a los desafíos de la sobrevivencia y vamos haciendo realidad la propuesta: «si tocan a una, tocan a todas».

Y yo, feminista confesa y siempre esperando mi tiempo de ser convicta comparto esta visión creadora que manifiesta Claudia en su escrito “Feminismos populares – Las brujas necesarias en los tiempos de cólera”.

Ahora bien, parece que hasta ahora es poco lo aclarado sobre este oscuro deseo que son los feminismos que me definen. Trataré de ser más clara si es que puedo. Nada prometo.

Victoria Sendón de León en su escrito “¿Qué es el Feminismo de la Diferencia – Una Visión muy Personal”, lo define a través de 13 axiomas:

1º) El feminismo de la diferencia no es opuesto al de la igualdad, porque no son contrarios conceptualmente.

2º) El objetivo de este feminismo es la transformación del mundo desde el cambio de vida de las mujeres.

3º) El punto de partida, tanto estratégico como epistemológico, radica en la diferencia sexual.

4º) Nuestra diferencia sexual respecto de los varones no constituye un esencialismo que nos hace idénticas, sino diversas.

5º) Nuestro propósito no consiste en ser iguales a los hombres, sino en cuestionar el código secreto de un orden patriarcal que convierte las diferencias en desigualdades.

6º) Los cambios estructurales y legislativos pueden ser un punto de partida, pero no de llegada.

7º) Crear orden simbólico significa introducir la variable de la diferencia sexual en todos los ámbitos de la vida, del pensamiento, de la política. La variable no es el género, que es un sexo colonizado, sino la diferencia.

8º) La complicidad y solidaridad entre las mujeres constituye nuestro bagaje político más poderoso.

9º) La lucha por el poder comienza en la autosignificación, la autoridad femenina y el empoderamiento de espacios creados por las propias mujeres.

10º) El objetivo del poder no consiste en conseguir “cargos” para las mujeres, sino en lograr una representatividad sustantiva, y no abstracta, propia del sujeto universal y neutro.

11º) El feminismo de la diferencia es una ética fundada en valores que nosotras tendremos que ir definiendo.

12º) El pensamiento de la diferencia sustituye la lógica binaria por la lógica analógica, que tiene que ver con la vida y no con conceptos interesados que la sustituyen.

13º) El feminismo de la diferencia no es una meta, sino un camino provisional. No es un dogma, sino una búsqueda. No es una doctrina sectaria, sino una experiencia al hilo de la vidaYa dicho de forma tan clara por la filósofa española qué es y no es el feminismo de la diferencia, sólo me resta acotar, que lo soy más por un cúmulo de saberes que por un conocimiento. A mi modo de ver, no me interesa para nada dejar pasar mi vida intentando igualarme con alguien que no soy, y además para nada deseo contribuir en seguir delineando un mundo plagado de desigualdades donde ser mujer es más peligroso para la vida que ser soldado en una guerra.

Dicho esto, volvemos a la década de los 60, esa que me hubiera gustado vivir. Es en ese momento histórico en el que el mundo por primera vez hace cuenta de muchas voces, entre ellas la de las mujeres que se abanderan desde el feminismo negro. Diría Angela Davis, una de sus principales lideresas en EE.UU.

Los enfoques feministas nos hacen pensar en cosas juntas que están separadas ideológicamente. ¿Por qué pudimos pensar que sería posible lograr la liberación de las mujeres dejando atrás a las mujeres indígenas, a las mujeres latinas, las mujeres islámicas, las mujeres asiáticas?

En Venezuela se alzará también la voz de una gran feminista afrodescendiente. La insigne Argelia Laya. Pero bueno, vayamos a la sustancia.

Es a través de las luchas de las mujeres negras, las indígenas, las populares y las discapacitadas que se reconocen oprimidas por el machismo, pero también por otras formas de dominación como el racismo, la xenofobia, la homofobia, la transfobia, el clasismo, y pare usted de contar, que la abogada especializada en género y etnia, Kimberlé Crenshaw, acuña y define bajo la categoría de interseccionalidad, como una nueva forma de lucha feminista en 1989, término que sirve para aglutinar esta superposición de problemáticas, dentro de un artículo publicado por la Universidad de Chicago.

Por mucho tiempo las feministas hemos posicionado la idea del patriarcado como la de un sistema de opresión que ejercen el conjunto de los hombres sobre el conjunto de las mujeres, pero no por cualquier hombre, que aunque todos ellos se benefician de la desigualdad entre hombres y mujeres, la sociedad patriarcal está estructurada en función de privilegiar a unos en particular, y estos son: los hombres blancos, ricos, heterosexuales y profesionales, de entre 25 y 60 años. A medida que lo que somos nos aleja de ellos, en esa medida nuestra posición en la sociedad será peor. Es decir, si eres mujer, pobre, negra, sólo terminaste la primaria, eres lesbiana, ama de casa y tienes 70 años, permíteme decirte que estás en lo más bajo de la escala social. Es por ello que es necesario que los feminismos sean interseccionales, para desde allí poder plantarnos con la finalidad de acabar con todas las formas de opresión que nos cruzan y son sostenidos por el sistema patriarcal.

En definitiva,  los grupos dominantes organizan estrategias de poder (conscientes o no) para preservar su posición de supremacía. Por lo tanto, debemos nosotras organizarnos para acabar con las discriminaciones múltiples que nos cruzan y son sostenidas por las vidas de nuestras hermanas, discriminaciones que nacen de privilegios que tienen unos y que se oponen a nuestro sueño de ser libres.

Quisiera culminar diciendo que el objetivo último de los feminismos es ser felices, es un mundo menos violento, es reconocernos diferentes y respetarnos desde ahí. Y muchas cosas más de las que hablaremos más en la siguiente entrega. Apapacho.

Daniella Inojosa

Tinta Violeta

Septiembre 2020

Desandar la política

Tuve una amiga entrañable una vez, que murió hace ya un tiempo, y que fue una de esas compañeras que todes necesitamos para que nos acompañe a encontrar el camino justo, el de nuestras ideas.

Relaciones profundas que hacen ir de la mano afectos y sueños. Relaciones que aunque no son carnales, te hacen sentir que se pertenecen la una a la otra. Con ella a mi vera llegábamos a reuniones y asambleas donde a mi modo de ver, la gente de grandes ideas, barbas y pelo corto  debatían sobre cómo debía ser el mundo.

La vida en esos días transcurría entre la avenida las Ciencias y el puente de Plaza Venezuela, el almuerzo era una cola en el comedor que odiaba, la música que oíamos era toda Latinoamericana,  las fiestas eran más bien peñas y los hombres, compañeros de los que yo me enamoraba perdidamente y que, creía yo, seguiría enamorada hasta el final de mis días. La sexualidad era una idea loca que las mujeres teníamos entre ceja y ceja y no entre vagina y clítoris.

Así transcurrían los días de porro y porro, clase y clase; la lucha se hacía a piedras, y las y los revolucionarios se contaban de a decenas y no de a miles.

Las mujeres en la política éramos entonces especímenes raros que al igual que ahora estábamos de adorno o éramos brujas y marimachas. Los hombres todo lo decían y nosotras todo lo hacíamos.

No sé realmente cual fue el día, el momento, el instante,  en el que no permití más que me aclararan mis propias ideas aquellas voces gruesas y fuertes, esas miradas masculinamente inquisidoras, pero ese día llegó.

Para poder hacerme notar a mí y mis utopías, aprendí a hablar en clave masculina, a moverme entre tiburones como una más de ellos, hasta que obviarme dejó de ser una posibilidad porque yo lo hacía todo.

Tampoco recuerdo exactamente el día en el que me di cuenta, en el que me percaté de un tirón que era una de ellos. No una, sino uno.

Por suerte hoy sigo teniendo entrañables hermanas de la vida y estamos una al lado de la otra. Ellas me han enseñado de nuevo a hacer política. Me han enseñado que competir es la clave masculina de la vida, y aunque mi cuerpo se resiste a desaprender lo andado, mi mente y mis sentimientos tiran ya más fuerte hacia ese quehacer político en clave feminista. Donde la voz de todas es importante, donde lo colectivo no anula per se a la individua, donde abrazarnos, cantarnos y ponernos estrellitas unas a las otras es tan importante como el tratado completo de la revolución que soñamos. Es tan sororal nuestra relación de hermanas que aquella luna, ese satélite hembra que mueve el agua y desata tormentas ha sincronizado en espléndido giro nuestros úteros.

Vamos tan juntas, que sangramos al unísono.

Hacemos política si, con abrazos y besos, con cantos y creatividad. Hacemos política feminista.

Daniella Inojosa

Tinta Violeta

Nos llaman en clave violeta

Nos llaman en clave violeta

El coronavirus nos mandó a la cuarentena. Mujeres de todo el mundo se ven sumidas en el trabajo doméstico obligatorio. Otras, ¿las mismas? Habitan 24 horas de los 7 días de la semana con sus agresores.

Encerradas entre cuatro paredes estamos las que disfrutamos de espacio suficiente, las que más,  tenemos que adaptarnos a transitar junto a otres en minúsculos cubículos que otrora servían si acaso como dormitorio, todos son hoy, los espacios únicos para el desarrollo de la vida. El confinamiento acrecienta las desigualdades.

Pero esto no va de las diferencias de clase, ni de las inequidades  creadas por el capitalismo salvaje,  que nos oprime hasta en los países socialistas. Esto va del sufrimiento de mi hermana, del de mi hija, del de mi prima. Del sufrimiento histórico que se manifiesta en cada hogar. Va de la lucha cotidiana por mantenerse con vida de cada mujer, esa que intenta por todos los medios  no molestar al señor de mano suelta que perfila contra ella sus rabias, su machismo, sus frustraciones. Va de aquella que nos llama a las 6 a.m. «porque el monstruo aún duerme». Esa que calladito me dice: ¿Estoy hablando con Tinta Violeta? A la que le respondo aún dormida: Hola ¿necesitas ayuda? Hablo de la que suspira cuando escucha la palabra ayuda como si escuchara la 9na de Beethoven por primera vez.

Ella está sola, esta mañana está sola. Ella, que a veces es María, y otras Juana. De ella quiero  hablarles.  Porque nos llama hablando pasito y queremos oírla en estéreo. Así, en voz inaudible, comienza mi alianza con esa mujer que al otro lado del teléfono me cuenta sus pesares. Le informo, la reconforto, imagino su rostro mientras dice  palabras como pegar, sangre, puta; la sueño con la sonrisa que quiero que tenga, esa que hoy es llanto; la escucho relatándome su historia de violencia. Todas las cadenas del mundo caen sobre sus hombros.

Están las veces que está decidida a salir del círculo, el que es más bien una rueda que la pisotea una y otra vez;  otras veces, el miedo se ha instalado en su alma y perdida llora del otro lado, porque no encuentra una salida.

Así empieza el acompañamiento amoroso.

Estoy cansada.  Suena y suena mi teléfono. Suena. Cada vez que lo escucho, lo que escucho son las notas violeta de la vida. Al otro lado una mujer de cualquier color. Con hijes o sin elles. Pobre o rica. Chavista u opositora. De pelo largo o corto llama llena de esperanza.

Desde aquí, te decimos hermana, nosotras te creemos.

Daniella Inojosa

Tinta Violeta

La Prostitución, es o no violencia contra las mujeres.

De cara a la reforma que plantea la ANC de la Ley Orgánica sobre el Derecho de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia, muchas son las propuestas que corren entre los movimientos feministas, en el sistema de justicia, y en el Ministerio de la Mujer, pero hasta ahora no ha saltado al debate el tema de la prostitución.

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Ser iguales o ser diferentes

Las primeras feministas orgánicas, esas que se organizaron para luchar por el voto femenino y por los derechos laborales de las mujeres lo hicieron bajo la premisa de que las mujeres de su tiempo requerían igualarse en derechos con los hombres. Salieron a la calle las sufragistas por un lado, exigiendo derechos políticos y a la propiedad, poder votar y  ser elegidas para cargos de elección popular, poder heredar y poseer, reivindicaciones que son  exigencias burguesas y liberales; por otro lado,  casi al mismo tiempo, las mujeres de izquierda exigían igualdad en los derechos laborales de las mujeres, jornadas  de 8 horas y condiciones dignas en las fábricas; de allí nació de la mano de Clara Zetkin y Kate Duncker, en el II Encuentro Internacional de Mujeres Socialistas en Copenhague,  la propuesta de conmemoración del 8 de marzo como Día Internacional de la Mujer Trabajadora.

Las conquistas alcanzadas por las mujeres en ese tiempo, ya separaban la luchas de las mujeres en izquierda y derecha, pero todas estaban encaminadas a lograr igualdad con los hombres.

Las conquistas alcanzadas por las mujeres en ese tiempo, ya separaban la luchas de las mujeres en izquierda y derecha, pero todas estaban encaminadas a lograr igualdad con los hombres.

En los años 60 una revolución nueva se enfrenta al sistema imperante, esta vez liderada por los movimientos estudiantiles del mundo entero, aunque si bien fue un momento de convulsión política en todos los sentidos, destacan algunas luchas. En los Estados Unidos, la de los negros  por sus derechos civiles, y  la lucha antibelicista  de los estudiantes y el movimiento hippie contra las guerras de Corea y especialmente la de Vietnam. Pero del otro lado del charco, en la Francia del Presidente Charles de Gaulle, 9 millones de franceses, al principio estudiantes y luego obreras y obreros convocan la huelga más grande y peligrosa para el sistema que habría visto Europa luego de la Revolución Bolchevique en Rusia; y aquello se extendió como pólvora a gran parte del mundo, a la voz de “Prohibido prohibir, la libertad comienza con una prohibición” y “Seamos realistas, pidamos lo imposible” jovenes de la  República Federal Alemana, Suiza, España, México, Argentina, Uruguay, Estados Unidos, Checoslovaquia e Italia, salían a la calle siguiendo los pasos de sus compañeras y compañeros franceses. En América Latina se alzan movimientos emancipatorios por todo el continente, la revolución cubana inspira a miles contra el Imperialismo y el capitalismo, en Chile la izquierda gana las elecciones, pero la bota militar con su Plan Cóndor incluído, se impone a sangre y fuego.

En medio de esta explosión creativa revolucionaria las mujeres también dan un paso adelante, comienza la lucha activa por un mundo libre de violencia machista, por los derechos sexuales y reproductivos, por legislaciones que reconozcan la desigualdad de las mujeres ante las leyes y en sus derechos civiles con respecto a los hombres; pero en aquel clima enmarcado en utopías emancipadoras de los pueblos nace el feminismo radical y el feminismo cultural, es decir el feminismo que quiere ir a la raíz del problema y aquel que establece como el problema el hecho cultural, los dos centran al enemigo en el sistema patriarcal. Por primera vez, de forma colectiva se sientan a pensar las feministas cuál es la sociedad que sueñan, es la comunista, es la socialista, es una en la que las mujeres sean iguales a los hombres,  francesas, italianas y  españolas se plantean la disyuntiva. ¿Cómo vamos a ser iguales a los hombres sino queremos ser hombres? Somos mujeres y nos gusta serlo. Pensamos diferente, sentimos diferente, somos diferentes. También se plantean si ser diferentes es contrario a ser iguales, y entonces se responden: No, no es contrario. Lo contrario a la igualdad es la desigualdad, no la diferencia. Es allí donde comienza a verse el feminismo como una ideología emancipatoria en sí misma y no como una ideología subsidiaria de otra propuesta emancipatoria para los pueblos, pues se trata de pensar en una sociedad nueva que no sea androcéntrica, donde el modelo no sea alcanzar a los hombres en derechos, en oportunidades o en condiciones sino pensar, soñar, construir una sociedad nueva donde no haya paradigmas a seguir y ser diferentes, mujer, hombre, trans, gay, lesbiana, negra o negro, indígena, asiática o asiático o la mezclas de ellos y más, esté bien, sea respetado y no derive ni en privilegios para algunas o algunos, o en opresión para otros y otras.

Y llega la llamada tercera ola, esa en la que se pone  América Latina en el centro de la lucha, nacen los feminismos populares, la lucha por ser dueñas de nuestros cuerpos y por el reconocimiento al cuidado de la vida como una labor productiva, y el feminismo se convierte en los feminismos, florece el feminismo indígena, el feminismo afro, el feminismo decolonial, el feminismo trans, la lucha por el reconocimiento a nuevas masculinidades no opresoras y muchos feminismos  se encuentran en las calles, en los barrios, en los sitios de trabajo, y aunque siendo todos diferentes tienen un solo objetivo: Acabar con el patriarcado exigiendo que se reconozca su diferencia.

Ahora estamos en medio de la cuarta de las olas del feminismo, pero la tercera ola no ha terminado, porque ya el feminismo, a mi modo de ver, no sé divide en olas, sino que es una marea constante de chicas y chicos, de mujeres, de hombres, de jóvenes que están en lucha por todo el orbe,  defendiendo su derecho a ser diferentes.

Daniella Inojosa

Tinta Violeta / La Araña Feminista

@dinojosaa