La Prostitución, es o no violencia contra las mujeres.

De cara a la reforma que plantea la ANC de la Ley Orgánica sobre el Derecho de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia, muchas son las propuestas que corren entre los movimientos feministas, en el sistema de justicia, y en el Ministerio de la Mujer, pero hasta ahora no ha saltado al debate el tema de la prostitución.

Desde aquí nos preguntamos por qué, conocemos la respuesta, pero es tan triste expresarla abiertamente, pues significa reconocer que  no se piensa que la prostitución sea un flagelo y que por ancestral y por culturalmente sostenida en el tiempo   debe seguir naturalizada en nuestra sociedad. Es más, aún hay algunas personas que definen la prostitución como trabajo, argumentando que el intercambio de dinero se establece entre dos personas adultas sin coerción o coacción alguna. Según esta mirada, la venta de órganos también debería ser legal, pero sabemos o por lo menos intuimos que de legalizar la venta de órganos, inmediatamente mafias de todo tipo comenzarian a traficarlos, apoderándose del mercado y delinquiendo de formas insospechadas contra los más débiles y vulnerables, para así obtener órganos para la venta. ¿No es esto exactamente lo que ocurre con las mujeres? Pues si, el que la prostitución sea alegal en nuestro país por falta de legislación, deja la puerta abierta para la existencia de proxenetas, tratantes y traficantes de hacer su agosto a cuenta de la venta del cuerpo de cientos de mujeres, jóvenes, y niñas y niños.

Y para muestra un botón, famosa se hizo en los años 80 la reglamentación que hiciera Holanda del trabajo sexual, y qué pasó, al cabo de poquísimos años se convirtió en un país prostíbulo, de ser el país de los tulipanes pasó a ser el país del turismo sexual. Creció la prostitución y también la esclavitud sexual de niñas y niños,  y de todas las actividades comerciales colaterales como arroz bajo la lluvia. En Alemania ocurrió exactamente lo mismo, estos dos países fueron por años los destinos favoritos de traficantes y tratantes de personas del mundo entero.

Pero que subyace debajo de esta política, pues un mejor servicio, con controles sanitarios  para que aquellos,  que usan y abusan de las mujeres,  no estén expuestos a enfermedades de transmisión sexual: Los clientes. Hablemos un poco de estos seres que la sociedad mira con comprensión inusitada y por los que casi nos hacen sentir lástima, pues pobrecitos, ellos no pueden conseguir sexo de otra forma que no sea pagando, por qué, bueno porque son muy jóvenes, porque son introvertidos, porque son acomplejados, y así hasta el infinito y más allá;  tenemos que entenderlos, ellos tienen un derecho que les ha dado los miles de años de patriarcado, desigualdad, machismo y pare usted de contar.

Otro de los mitos sobre la prostitución que está arraigado en nuestro imaginario colectivo es que las mujeres se prostituyen por gusto, es decir que sentimos placer en soportar sobre nuestros cuerpos y en nuestro espacio más íntimo que un hombre tras otro, se nos monte encima y se complazca a sí mismo con nuestro cuerpo. Déjenme explicarles algo. Acaso no es verdad que desde niñas a través de la crianza, de los medios, de las películas infantiles, de la publicidad,  a las mujeres nos enseñan que nuestro cuerpo es un objeto que tiene valor, si, que tiene valor monetario. Por eso debemos ser lindas, debemos obligatoriamente cumplir con los cánones de belleza y de conducta que exige la sociedad toda, ser flacas, altas, rubias y de preferencia calladitas y sumisas. Entonces por qué nos sorprende  que ante la precariedad económica, la necesidad y la obligación que tenemos las mujeres de mantener a nuestras familia, empujadas por la sapiencia de que la demanda está ahí, que los clientes están a la vuelta de la esquina, cientos, miles, millones de mujeres en el mundo encuentren en la prostitución una salida a sus problemas económicos. Es que acaso no es el mismo sistema capitalista y  patriarcal el que nos está obligando desde hace siglos a vernos a nosotras mismas como material para la prostitución de una u otra forma.

Entonces me pregunto y le pregunto a quienes tienen hoy la reforma de la Ley en su mano. ¿Somos o no somos una sociedad humanista, una sociedad de derechos que busca la felicidad para todas y todos sus nacionales? Pues permítanme decirles, que mientras la ley por omisión o acción permita que los hombres sigan comprando el cuerpo de las mujeres, no habrá igualdad de derechos, no habrá vida libre de violencia para las mujeres.

La ley actual pena si,  a proxenetas, tratantes y traficantes, pero no puedes acabar con uno sino acabas con el otro. Por qué, porque alguien tiene que manejar el negocio, de hecho está más que demostrado que el negocio del proxenetismo, de la trata y del tráfico moviliza más dinero en el mundo que el tráfico de armas. Ante esta realidad ¿cuánto ganan las mujeres en situación de prostitución? Muy poco, en el mejor de los casos  un 30% del valor de cada servicio, el resto es para los proxenetas, quienes valga aclarar ganan dinero por prostituir no a una sino a varias mujeres, y en el caso de aquellas que son esclavizadas, pues nada.

Es por eso que proponemos seguir el ejemplo que dió Suecia con el nuevo sistema abolicionista,  que es también ley en  Islandia, Canadá, Singapur, Sudáfrica, Corea del Sur, Irlanda del Norte y Francia. El modelo sueco  demostró ser exitoso para acabar con esta forma de violencia contra las mujeres. ¿Que hicieron? Penaron el consumo de sexo pagado,y al desaparecer la demanda desapareció la oferta, las mafias dejaron de existir, y  las mujeres en situación de prostitución han ido siendo atendidas por el Estado como víctimas, aplicando una serie de políticas públicas para reinsertarlas dignamente al mercado laboral.

Resumiendo, entre  la prostitución y la esclavitud sexual hay un vínculo que, es prácticamente indivisible. La prostitución obliga a las mujeres a vender su cuerpo, que no lo eligen, sino que se ven obligadas a ello. Bien por las redes de trata o explotación sexual o bien empujada por la pobreza u otro tipo de desigualdad. Por lo que mantener la alegalidad existente en el país, es mantener una de las peores desigualdades de género y de violencia contra las mujeres.

Daniella Inojosa

Tinta Violeta / La Araña Feminista

 

Ser iguales o ser diferentes

Las primeras feministas orgánicas, esas que se organizaron para luchar por el voto femenino y por los derechos laborales de las mujeres lo hicieron bajo la premisa de que las mujeres de su tiempo requerían igualarse en derechos con los hombres. Salieron a la calle las sufragistas por un lado, exigiendo derechos políticos y a la propiedad, poder votar y  ser elegidas para cargos de elección popular, poder heredar y poseer, reivindicaciones que son  exigencias burguesas y liberales; por otro lado,  casi al mismo tiempo, las mujeres de izquierda exigían igualdad en los derechos laborales de las mujeres, jornadas  de 8 horas y condiciones dignas en las fábricas; de allí nació de la mano de Clara Zetkin y Kate Duncker, en el II Encuentro Internacional de Mujeres Socialistas en Copenhague,  la propuesta de conmemoración del 8 de marzo como Día Internacional de la Mujer Trabajadora.

Las conquistas alcanzadas por las mujeres en ese tiempo, ya separaban la luchas de las mujeres en izquierda y derecha, pero todas estaban encaminadas a lograr igualdad con los hombres.

Las conquistas alcanzadas por las mujeres en ese tiempo, ya separaban la luchas de las mujeres en izquierda y derecha, pero todas estaban encaminadas a lograr igualdad con los hombres.

En los años 60 una revolución nueva se enfrenta al sistema imperante, esta vez liderada por los movimientos estudiantiles del mundo entero, aunque si bien fue un momento de convulsión política en todos los sentidos, destacan algunas luchas. En los Estados Unidos, la de los negros  por sus derechos civiles, y  la lucha antibelicista  de los estudiantes y el movimiento hippie contra las guerras de Corea y especialmente la de Vietnam. Pero del otro lado del charco, en la Francia del Presidente Charles de Gaulle, 9 millones de franceses, al principio estudiantes y luego obreras y obreros convocan la huelga más grande y peligrosa para el sistema que habría visto Europa luego de la Revolución Bolchevique en Rusia; y aquello se extendió como pólvora a gran parte del mundo, a la voz de “Prohibido prohibir, la libertad comienza con una prohibición” y “Seamos realistas, pidamos lo imposible” jovenes de la  República Federal Alemana, Suiza, España, México, Argentina, Uruguay, Estados Unidos, Checoslovaquia e Italia, salían a la calle siguiendo los pasos de sus compañeras y compañeros franceses. En América Latina se alzan movimientos emancipatorios por todo el continente, la revolución cubana inspira a miles contra el Imperialismo y el capitalismo, en Chile la izquierda gana las elecciones, pero la bota militar con su Plan Cóndor incluído, se impone a sangre y fuego.

En medio de esta explosión creativa revolucionaria las mujeres también dan un paso adelante, comienza la lucha activa por un mundo libre de violencia machista, por los derechos sexuales y reproductivos, por legislaciones que reconozcan la desigualdad de las mujeres ante las leyes y en sus derechos civiles con respecto a los hombres; pero en aquel clima enmarcado en utopías emancipadoras de los pueblos nace el feminismo radical y el feminismo cultural, es decir el feminismo que quiere ir a la raíz del problema y aquel que establece como el problema el hecho cultural, los dos centran al enemigo en el sistema patriarcal. Por primera vez, de forma colectiva se sientan a pensar las feministas cuál es la sociedad que sueñan, es la comunista, es la socialista, es una en la que las mujeres sean iguales a los hombres,  francesas, italianas y  españolas se plantean la disyuntiva. ¿Cómo vamos a ser iguales a los hombres sino queremos ser hombres? Somos mujeres y nos gusta serlo. Pensamos diferente, sentimos diferente, somos diferentes. También se plantean si ser diferentes es contrario a ser iguales, y entonces se responden: No, no es contrario. Lo contrario a la igualdad es la desigualdad, no la diferencia. Es allí donde comienza a verse el feminismo como una ideología emancipatoria en sí misma y no como una ideología subsidiaria de otra propuesta emancipatoria para los pueblos, pues se trata de pensar en una sociedad nueva que no sea androcéntrica, donde el modelo no sea alcanzar a los hombres en derechos, en oportunidades o en condiciones sino pensar, soñar, construir una sociedad nueva donde no haya paradigmas a seguir y ser diferentes, mujer, hombre, trans, gay, lesbiana, negra o negro, indígena, asiática o asiático o la mezclas de ellos y más, esté bien, sea respetado y no derive ni en privilegios para algunas o algunos, o en opresión para otros y otras.

Y llega la llamada tercera ola, esa en la que se pone  América Latina en el centro de la lucha, nacen los feminismos populares, la lucha por ser dueñas de nuestros cuerpos y por el reconocimiento al cuidado de la vida como una labor productiva, y el feminismo se convierte en los feminismos, florece el feminismo indígena, el feminismo afro, el feminismo decolonial, el feminismo trans, la lucha por el reconocimiento a nuevas masculinidades no opresoras y muchos feminismos  se encuentran en las calles, en los barrios, en los sitios de trabajo, y aunque siendo todos diferentes tienen un solo objetivo: Acabar con el patriarcado exigiendo que se reconozca su diferencia.

Ahora estamos en medio de la cuarta de las olas del feminismo, pero la tercera ola no ha terminado, porque ya el feminismo, a mi modo de ver, no sé divide en olas, sino que es una marea constante de chicas y chicos, de mujeres, de hombres, de jóvenes que están en lucha por todo el orbe,  defendiendo su derecho a ser diferentes.

Daniella Inojosa

Tinta Violeta / La Araña Feminista

@dinojosaa

 

 

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