Ser iguales o ser diferentes

Las primeras feministas orgánicas, esas que se organizaron para luchar por el voto femenino y por los derechos laborales de las mujeres lo hicieron bajo la premisa de que las mujeres de su tiempo requerían igualarse en derechos con los hombres. Salieron a la calle las sufragistas por un lado, exigiendo derechos políticos y a la propiedad, poder votar y  ser elegidas para cargos de elección popular, poder heredar y poseer, reivindicaciones que son  exigencias burguesas y liberales; por otro lado,  casi al mismo tiempo, las mujeres de izquierda exigían igualdad en los derechos laborales de las mujeres, jornadas  de 8 horas y condiciones dignas en las fábricas; de allí nació de la mano de Clara Zetkin y Kate Duncker, en el II Encuentro Internacional de Mujeres Socialistas en Copenhague,  la propuesta de conmemoración del 8 de marzo como Día Internacional de la Mujer Trabajadora.

Las conquistas alcanzadas por las mujeres en ese tiempo, ya separaban la luchas de las mujeres en izquierda y derecha, pero todas estaban encaminadas a lograr igualdad con los hombres.

Las conquistas alcanzadas por las mujeres en ese tiempo, ya separaban la luchas de las mujeres en izquierda y derecha, pero todas estaban encaminadas a lograr igualdad con los hombres.

En los años 60 una revolución nueva se enfrenta al sistema imperante, esta vez liderada por los movimientos estudiantiles del mundo entero, aunque si bien fue un momento de convulsión política en todos los sentidos, destacan algunas luchas. En los Estados Unidos, la de los negros  por sus derechos civiles, y  la lucha antibelicista  de los estudiantes y el movimiento hippie contra las guerras de Corea y especialmente la de Vietnam. Pero del otro lado del charco, en la Francia del Presidente Charles de Gaulle, 9 millones de franceses, al principio estudiantes y luego obreras y obreros convocan la huelga más grande y peligrosa para el sistema que habría visto Europa luego de la Revolución Bolchevique en Rusia; y aquello se extendió como pólvora a gran parte del mundo, a la voz de “Prohibido prohibir, la libertad comienza con una prohibición” y “Seamos realistas, pidamos lo imposible” jovenes de la  República Federal Alemana, Suiza, España, México, Argentina, Uruguay, Estados Unidos, Checoslovaquia e Italia, salían a la calle siguiendo los pasos de sus compañeras y compañeros franceses. En América Latina se alzan movimientos emancipatorios por todo el continente, la revolución cubana inspira a miles contra el Imperialismo y el capitalismo, en Chile la izquierda gana las elecciones, pero la bota militar con su Plan Cóndor incluído, se impone a sangre y fuego.

En medio de esta explosión creativa revolucionaria las mujeres también dan un paso adelante, comienza la lucha activa por un mundo libre de violencia machista, por los derechos sexuales y reproductivos, por legislaciones que reconozcan la desigualdad de las mujeres ante las leyes y en sus derechos civiles con respecto a los hombres; pero en aquel clima enmarcado en utopías emancipadoras de los pueblos nace el feminismo radical y el feminismo cultural, es decir el feminismo que quiere ir a la raíz del problema y aquel que establece como el problema el hecho cultural, los dos centran al enemigo en el sistema patriarcal. Por primera vez, de forma colectiva se sientan a pensar las feministas cuál es la sociedad que sueñan, es la comunista, es la socialista, es una en la que las mujeres sean iguales a los hombres,  francesas, italianas y  españolas se plantean la disyuntiva. ¿Cómo vamos a ser iguales a los hombres sino queremos ser hombres? Somos mujeres y nos gusta serlo. Pensamos diferente, sentimos diferente, somos diferentes. También se plantean si ser diferentes es contrario a ser iguales, y entonces se responden: No, no es contrario. Lo contrario a la igualdad es la desigualdad, no la diferencia. Es allí donde comienza a verse el feminismo como una ideología emancipatoria en sí misma y no como una ideología subsidiaria de otra propuesta emancipatoria para los pueblos, pues se trata de pensar en una sociedad nueva que no sea androcéntrica, donde el modelo no sea alcanzar a los hombres en derechos, en oportunidades o en condiciones sino pensar, soñar, construir una sociedad nueva donde no haya paradigmas a seguir y ser diferentes, mujer, hombre, trans, gay, lesbiana, negra o negro, indígena, asiática o asiático o la mezclas de ellos y más, esté bien, sea respetado y no derive ni en privilegios para algunas o algunos, o en opresión para otros y otras.

Y llega la llamada tercera ola, esa en la que se pone  América Latina en el centro de la lucha, nacen los feminismos populares, la lucha por ser dueñas de nuestros cuerpos y por el reconocimiento al cuidado de la vida como una labor productiva, y el feminismo se convierte en los feminismos, florece el feminismo indígena, el feminismo afro, el feminismo decolonial, el feminismo trans, la lucha por el reconocimiento a nuevas masculinidades no opresoras y muchos feminismos  se encuentran en las calles, en los barrios, en los sitios de trabajo, y aunque siendo todos diferentes tienen un solo objetivo: Acabar con el patriarcado exigiendo que se reconozca su diferencia.

Ahora estamos en medio de la cuarta de las olas del feminismo, pero la tercera ola no ha terminado, porque ya el feminismo, a mi modo de ver, no sé divide en olas, sino que es una marea constante de chicas y chicos, de mujeres, de hombres, de jóvenes que están en lucha por todo el orbe,  defendiendo su derecho a ser diferentes.

Daniella Inojosa

Tinta Violeta / La Araña Feminista

@dinojosaa

 

 

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